Esteban Orta Rubio
La reciente visita de la familia real a Tudela el pasado septiembre quedará como fecha importante en la historia de la ciudad y ayuda a recordar que la ciudad del Ebro fue durante siglos sede de los reyes de Navarra. Perdió tal condición cuando el reino fue incorporado a la Corona Hispánica en 1515. El altivo castillo-palacio que señoreaba la ciudad y que albergaba largas estancias de la corte, quedó vacío y silencioso, desmoronándose lentamente hasta desaparecer. Tras la conquista del Reino, aunque continuaron puntualmente las visitas de reyes, éstas se hicieron más raras y esporádicas. En el siglo XVI hallamos la de Fernando el Católico, el emperador Carlos V y, por dos veces, su hijo Felipe II. En el XVII, solamente la de Felipe IV. Lo mismo ocurrió con el siglo XVIII con Felipe V, único rey que visitó la Ribera, aunque su estancia en Corella fue bastante larga. Sin embargo, el siglo XIX lleno de cambios políticos, económicos y sociales, rompió esta tendencia y proliferan los viajes reales favorecidos por la mejora en los caminos y el nuevo invento del ferrocarril.
Hoy quiero hablar de la visita real del rey Alfonso XII, en enero de 1875, pues este año de 2025 se ha cumplido siglo y medio de su venida.
Sólo contaba diecisiete años cuando llegó a Tudela tras ser proclamado rey en Sagunto por el general Martínez Campos. No eran tiempos bonancibles para España, pues la Guerra Carlista – una guerra civil entre hermanos- asolaba desde 1872 los campos de Navarra, Cataluña, Maestrazgo y País Vasco.
El animoso rey decidió ponerse al frente de las tropas que operaban en Navarra para elevar la moral con su presencia. Salió de Madrid el 20 de enero con destino a Zaragoza, y allí pernoctó. Al día siguiente, sin descanso, tomó el tren para Tudela donde arribó mediada la tarde.
EL REY EN TUDELA

Desde el 15 de enero, cuando se recibió en la ciudad el aviso de la inminente llegada del séquito real, el ayuntamiento, cogido por sorpresa, fue presa del estrés aunque estaba compuesto por personas destacadas, entre ellas el joven alcalde, el doctor Ángel Frauca (1850-1914) -que tuvo una calle dedicada a su memoria-, el ingeniero Luis Zapata (1833-1912), autor del primer plan urbanístico de la ciudad (1877) y el periodista Manuel Urbán (1853-1893), que más tarde, en 1883, fundó y dirigió hasta su muerte el “Diario de Avisos de Tudela”, de gran influencia en la zona.
Evidentemente, el alojamiento del rey era lo prioritario. No hubo mayor problema pues allí estaba el palacio del Marqués de Huarte que anteriormente había servido para albergar a Carlos IV (1802), Fernando VII (1828) e Isabel II (1845), bisabuelo, abuelo y madre de Alfonso. La decoración y adecentamiento del palacio costó trabajo, dinero y personal especializado, que aparecen consignados en los Libros de Cuentas Municipales. Lo mismo que la limpieza de calles por donde pasaría el séquito real desde la lejana estación del tren hasta el palacio: Carretera de Zaragoza, Carrera de las Monjas, Plaza Nueva y Herrerías. Todas ellas se engalanaron con arcos de triunfo, banderas, escudos y gallardetes. Nada menos que 450 banderas, algunas de gran tamaño, colgaban de arcos de triunfo, ventanas y balcones. Especialmente vistoso resultó el levantado en la carretera de Zaragoza, posiblemente cerca de la confluencia con Carrera de las Monjas, según podemos admirar en dibujo publicado en la revista La Ilustración Española y Americana. Sobre el templete, rodeado de banderolas, escudos y cortinajes, brilla el rótulo: VIVA ALFONSO XII. Detrás, y como telón de fondo, aparece el pelado cerro de Santa Bárbara con la fortificación levantada por causa de la guerra. La documentación estudiada muestra que al carecer de ramaje adecuado para los arcos de triunfo, hubo que pedir permiso al ayuntamiento de Ejea de los Caballeros para utilizar pinos de la Bardena aragonesa. Sí que lo concedió, pero con un toque ecológico, advirtiendo que vista “la importancia que tiene la Bardena donde va a extraerse (…) cuide no se corte o inutilice el arbolado”.

Desgraciadamente los libros del Archivo Municipal de Tudela permanecen mudos en relatar cómo fue la estancia real, por ello habremos de recurrir a las crónicas de la prensa madrileña y al artículo que publicó Jesús Mª Macaya: Primer viaje a Navarra de Alfonso XII. (Pregón S. XXI. Nº 68. 2023). A las cinco de la tarde entraba el tren en la estación y, tras apearse, el rey montó en una “carretela descubierta” prestada por el marqués de Huarte, iniciando el recorrido entre aplausos y aclamaciones. Tras una breve visita la catedral, accedió al palacio donde iba a hospedarse. Aún quiso salir al balcón y agradecer con su presencia los vítores de los tudelanos. Cuenta Macaya que “dejó admirados a todos con los que conversó por su amabilidad y aplomo, a pesar de su juventud”.

La Ilustración Española y Americana
DE TUDELA A PERALTA
No fue mucho el descanso, pues al día siguiente, a las siete de la mañana, en traje de campaña, el rey revisaba las tropas y montado en airoso caballo iniciaba la cabalgada que le llevaría en unas horas hasta Peralta, donde esperaba ponerse al frente del ejército liberal. Cincuenta caballos a galope marchaban en avanzadilla, seguidos del rey y varios generales que le acompañaban. Tras dos horas de marcha alcanzaron Valtierra, donde se detuvieron para almorzar. Llamó la atención de los periodistas, entre los que se encontraba alguno de la prensa parisina, que Alfonso XII departiese amistosamente con el párroco al que incluso entregó dinero para los pobres del pueblo. Continuó luego por Villafranca hasta Funes; allí acudió a recibirle el capitán general de Navarra, Domingo Moriones, y juntos accedieron a Peralta. En las inmediaciones acampaba el grueso del ejército -unos 47.000 soldados- a cuyas divisiones pasó revista en la dehesa de San Miguel.
Por su parte, las fuerzas carlistas, al mando del general Torcuato Mendiri, esperaban atrincheradas en las alturas del Carrascal en una línea que iba desde Unzué hasta Monte Esquinza. Contra Mendiri se dirigió Moriones obligándole a abandonar la línea del Carrascal y dejó abierto el camino a la sitiada Pamplona, que permanecía aislada desde septiembre anterior. Entró en la capital el 2 de febrero. Por su parte, Alfonso XII se había unido a las tropas de Primo de Ribera en su objetivo de ocupar Estella, el principal bastión carlista. Sin embargo, el 3 de febrero se produjo la batalla o sorpresa de Lácar donde los carlistas arrollaron a los liberales y el joven rey estuvo a punto de caer prisionero. Una canción carlista recordaba el hecho:
“En Lácar chiquillo
te viste en un tris;
si don Carlos te da con la bota
como una pelota te manda a París.”
Ello llevó a los generales alfonsinos a ser más prudentes, suspender los ataques y fortificar las posiciones. Así pudo el rey entrar en Pamplona el día 7, donde apenas permaneció unas horas pues a la mañana siguiente salió hacia Tafalla y, por Logroño, alcanzó Madrid el 13 de febrero.
EL ENIGMA DE TORCUATO MENDIRI (1813-1884)
Aquí acabaría este artículo si no fuera porque hace años, al visitar el cementerio de Tudela, reparé en una solitaria y descuidada tumba donde, según la inscripción, reposaban los restos del “Exmo. Señor Torcuato Mendiri. Capitán Gral. Carlista. 24 -11-1884”. ¿Por qué estaba enterrado allí el general carlista que se había enfrentado a Alfonso XII? ¿Qué circunstancias mediaron para fallecer en Tudela?


Conocíamos sus andanzas al terminar la guerra y cómo se había integrado en el ejército gubernamental, aunque pronto pasó a la reserva. Sabíamos también que había quedado viudo de su primera esposa Juana de Arriazu, con la que tuvo un hijo, Pío. Y también que casó de nuevo con Petra Aristizábal, la cual falleció en 1881, dejándole viudo nuevamente. Pero de las anteriores preguntas, nada. Decidí acudir al archivo municipal de Tudela en busca de luz en la riquísima documentación allí guardada. Aquí interviene la profesionalidad del personal del archivo con Iñigo Pérez a la cabeza, que me han ayudado a descubrir que, según el padrón de 1884, aunque tenía la residencia habitual en Madrid, se había retirado temporalmente a Tudela.
¿Por qué este traslado a esta apartada ciudad, de apenas diez mil habitantes en la época? ¿Y por qué decide hacer nuevo testamento? Efectivamente, entre los protocolos notariales hallamos este documento, firmado en agosto de 1884 ante el notario tudelano Tomás Morales, que proporciona datos muy interesantes. En primer lugar especifica que no tenía sucesores directos pues ya había fallecido su único hijo, sin descendencia. Pero hay más. A pesar de su avanzada edad –afirma que tiene 71 años-, tenía acordado contraer matrimonio en terceras nupcias con su prima Renata Mendiri, de sólo 36, soltera y residente en Estella. Pero, al existir el inconveniente de consanguinidad, señala que estaban esperando “que Su Santidad nos conceda la gracia de dispensa que tenemos pedida”. Tal dispensa llegó a tiempo y ambos primos se casaron en Sartaguda (Navarra), en septiembre de aquel mismo año, según datos proporcionados por el profesor Ángel García-Sanz.
Muchos pueden preguntarse el porqué de este lugar y no en Estella o Tudela. Quizás la respuesta pueda estar en el testamento pues uno de los cabezaleros encargados de ejecutarlo, era “el Excmo. Sr. Don José López de Goicoechea, vecino de Sartaguda”, y se buscó un lugar discreto para la ceremonia. Desgraciadamente, el nuevo matrimonio duró apenas dos meses, pues el viejo general carlista falleció en Tudela el 23 de noviembre. La partida de defunción señala la causa: “escirro hepático”, y también la casa donde ocurrió, el nº 18 de la calle del Matadero. De allí fue conducido su cuerpo al cementerio y allí podemos contemplar la tumba, cercana a la puerta central de entrada.
El LAU BURU, diario fuerista de Pamplona, en su número del miércoles 26 de noviembre de 1884, daba escuetamente la noticia: “El domingo falleció en Tudela el brigadier D. Torcuato Mendiri, general en jefe que fue del ejército carlista en la última guerra civil.”
- Articulo en Plaza Nueva, Invierno 2025 y en esta web, archivos y texto cedidos para su publicación por su autor Esteban Orta Rubio.