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Fuente de San Nicolás

Placeta de San Nicolás

Una de las fuentes más típicas se hallaba en el corazón de la vieja ciudad. Recibía el nombre de San Nicolás por estar frontera a la iglesia de igual nombre. Su ubicación privilegiada se debía a que confluían en ella tres calles, vestigios de antiguos caminos que, provenientes de Logroño, Zaragoza o Pamplona, penetraban en Tudela. Consta que existía ya en el siglo XIII y en ciertos documentos se la denomina “laguna”, lo que nos da idea de su forma y abundancia de agua. Con el paso de los siglos se añadió un antepecho que, a la larga, dificultó el paso de carruajes que desde las calles Serralta o Caldereros pretendían subir por la Rúa. Por ello, en 1687 los albañiles Domingo Ducazcal y Juan de Lezcano, por orden del ayuntamiento, rebajaron  y unificaron su altura en poco más de una vara.

Aún así, continuaron las quejas vecinales pues se dio el caso de forasteros, poco advertidos, que de noche había caído con sus caballerías a la fuente. Además, el antepecho servía de ocultación para asaltos nocturnos, como le ocurrió al caballero D. Francisco de Antillón, perteneciente a la Orden de San Juan de Jerusalén, quien fue agredido en la oscuridad por un picarón que intentó arrojarlo al agua; el noble se defendió denodadamente, hasta que, al ruido, salieron los vecinos.

 

Convertida en pozo

Así las cosas, el Ayuntamiento, oído el malestar ciudadano, tomó una decisión drástica: tapar la fuente y convertirla en pozo. Reparemos que estamos en el siglo XVIII, “el siglo de las luces” y desde las grandes urbes llegan vientos que hablan de ciudades más ordenadas, luminosas e higiénicas. Bien cerca tenían los munícipes el ejemplo de Pamplona, que había comenzado a cubrir sus fuentes naturales, convirtiéndolas en pozos. Tudela, no iba a ser menos.

Además, puede que influyera también que don Gregorio de Aperregui, caballero de Santiago y Correo Mayor del Reino de Navarra, entre otros títulos, era vecino del barrio y miembro del ayuntamiento. Por otra parte, su  casona daba a la citada fuente. Estaba, pues, harto de ruidos y peleas. Pero lo que, definitivamente, empujó a la Corporación fue que los vecinos se comprometieron a pagar los costes de la obra, como consta en el Libro de Acuerdos Municipales, sesión de 11 de julio de 1715: “que se haga sin ninguna dilación cargándose la fábrica a los vecinos interesados en la representación”.

¿Quiénes formaban aquel ayuntamiento elegido según las reglas y usos del Antiguo Régimen? Estaba compuesto por miembros de influyentes y poderosas familias tudelanas que se renovaban cada año. He aquí sus nombres: Joaquín Pérez de Veráiz, Gregorio Antonio de Aperregui, José de Jaramillo, Martín de Santisteban, Antonio Martínez, Pedro Francisco Hernández y Sebastián Llorente. Todos firmaron el acta y, con ellos, el secretario, Pedro Mediano. Este acuerdo fue uno de los últimos acuerdos que tomaron. Les quedaba poco tiempo de mandato y, como mandaba la tradición, fueron sustituidos por nuevo ayuntamiento a primeros de agosto siguiente.

De esta forma la antigua fuente de San Nicolás, aquella que durante siglos había contemplado la bulliciosa vida de la ciudad, quedó mudada en prosaico pozo, con brocal y cubierta. Un candado mantenía cerrada la tapa que se abría al amanecer de cada día, volviendo a cubrirse al crepúsculo. El vecino más cercano era el encargado de guardar la llave. En adelante, los carruajes circularon libremente sin temor a caída y las reyertas y alborotos nocturnos no volvieron a turbar el sueño de la vecindad.

Hoy, una coqueta plazuela se asienta en lo que otrora fuera hontanar, pero ha desaparecido cualquier vestigio de la fuente. Ni siquiera queda el brocal del pozo. ¡Si al menos una  placa, colocada en el suelo, recordase al curioso viandante que allí, bajo tierra, duerme una fuente medieval!

Texto: Esteban Orta. – Revista Plaza Nueva –

 

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