Recitales poéticos sentir para pensar
Ana Laura de Diego

Mi trayectoria profesional ha sido siempre en el mundo del periodismo.
Más de cuarenta años dedicados a la radio, compaginando tres de ellos con Localia Televisión.
En la radio he desarrollado las funciones de locutora, redactora, creativa y los últimos treinta como Directora de Ser Tudela (Cadena Ser)
Desde pequeña he dedicado tiempo a la escritura, afición que he seguido manteniendo con el paso de los años.
He publicado en varios libros en conjunto con otros autores, y desde hace varios años hago recitales poéticos en diferentes zonas y Teatros.
- 01 Costurera
- 03 A mis hijos
- 05 Capas
- 07 Nací Libre
- 09 Guerra
- 11 Demasiado ardiente para soportarla…
- 13 A Telma
- 15 Mis alas
- 17 La mesa
- 19 Volver a verte
- 21 La noche
- 23 Soy naturaleza y universo
- 25 Maletas sin destino
- 27 Dia del padre
- 29 Semana Santa…
- 31 Amo la poesía
- 33 Solsticio
- 35 En tiempos de fuego, sé agua
- 37 Habitando farolas
- 39 Viajar en tren
- 41 Me gusta tenerte en mis noches
- 43 Diciembre
- 45 Llegó un nuevo año.
- 02 Alcmena
- 04 La vida me hizo poeta
- 06 Hoy escribo pensando en ti
- 08 Soy hija de ferroviario.
- 10 Habitando el espacio del “no sé”
- 12 Las noches a la fresca.
- 14 Me acusarán
- 16 Cerrado por obras
- 18 Los cinco sentidos
- 20 Camino
- 22 Lotería
- 24 Bardenas
- 26 Las llevo en mi memoria
- 28 ¿Cómo se acaba el amor?
- 30 Felicidades mamá.
- 32 Verano
- 34 Ay que las veo venir.
- 36 Bodas
- 38 El oficio de no hacer
- 40 El 23 de septiembre llega el otoño.
- 42 Respiro el otoño
- 44 El placer de soltar
- 46 Una simple hoja

COSTURERA
La labor de su vida
Llegó a casa cansada pero deseando ponerse a hacer aquella tarea pendiente.
Estaba nerviosa. Sabía que no le iba a resultar nada fácil.
Era una de las más difíciles de su vida y no podía cometer ni un mínimo error.
Así que sacó la cajita de costura. La misma que durante años estaba en casa de su madre y, como era habitual, estaba algo desordenada.
Se puso una bata limpia. Por nada del mundo debía manchar la labor. Se lavó las manos y comenzó a ordenar la caja. Cuando la tuvo perfecta miró las agujas una por una pensando cuál sería mejor para coser aquel tremendo roto.
Observó los colores de los hilos, su grosor, su tacto,… No tenía que notarse nada. Debía quedar perfecto.
Al final se decidió por el que más se parecía a lo que tenía que coser. Era un hilo precioso, suave, fuerte, con tonos dorados y azules, como jaspeado. Sería el color perfecto.
Se emocionó sólo de pensar que al fin iba a poder arreglarlo.
Así que comenzó de forma suave, pasando la aguja de lado a lado, apenas rozando para no dañar nada, para que el pinchazo de la aguja fuera imperceptible. Cuando parecía que había conseguido coser un centímetro, se dio cuenta de que se estaba rasgando, de que no iba a quedar bien.
Se quedó pensando. “Ya sé. Le voy a poner una aguja y un hilo más finos. Lo haré más despacio, más tranquila. Tengo que poder hacerlo. Tengo que hacerlo”.
Respiró hondo. Eligió una nueva aguja y un nuevo hilo. En está ocasión ya no era jaspeado, pero no le importó. Seguía teniendo un azul perfecto. Le iba ideal. “Lo haré bien”, se repetía una y mil veces.
Volvió a pasar la aguja de un lado a otro. Nuevamente despacio y apenas rozando. Miró la primera puntada. La contempló. Parecía que quedaba mejor y siguió con la segunda. Volvió a contemplarla. Cuando llevaba la tercera volvió a rasgarse. No podía ser. Tenía que coserlo y tenía que quedar perfecto.
Empezó a desesperarse. Una vez más tomó la caja de costura. Encontró la aguja más fina y el hilo más fino que había. Ya no le importaba el color. Sólo quería coser ese maldito roto.
El hilo era verde esmeralda. “No importa”, pensó. Es el color de la esperanza. Así comenzó a coser despacio, acariciando las puntadas. No podía ser. Se volvía rasgar una y otra vez.
Se quedó con la mirada perdida. Tragó saliva mientras por sus mejillas rodaban dos lágrimas y se dio cuenta entonces de que nunca podría arreglarlo.
Nadie le había enseñado a coser los sueños rotos.

Alcmena
Se miran los labios, se guiñan las bocas, se visten de arte y al ritmo de un beso sus almas se tocan.
Celebran sin copas, perfilan dibujos conjuran las letras, se quieren sin metas, avanzan despacio y giran sus frentes, y en la inclinación treinta y cuatro músculos dibujan perfectos el beso presente.
Amores besados son sueños cumplidos
Besos abrazados son más que un suspiro.
Ana Laura

A mis hijos.
Ellos tienen prisa siempre van corriendo…
Callada yo observo y me reconozco en la urgencia de ellos.
Siempre fui presta, siempre acelerada, agotando el tiempo…ese que se acaba.
Ahora corro menos me paro a observarles y ellos tienen prisa, van acelerados agotando el tiempo… ese que se acaba.
Y si, les entiendo, más como me duele que no se den cuenta, y se les haga tarde para lo que importa.
Ana Laura

La vida me hizo poeta
A mí me hizo poeta la plaza de mi pueblo, la frutería de mi abuelo, la mirada siempre triste de mi madre o aquél vaso de vino de mi padre.
A mí me hizo poeta aquella niña sorda muda que buscaba en mi mirada ayuda para comunicarse, o aquel corral de flores que cultivaba mi padre.
A mí me hizo poeta aquel mendigo ciego que buscaba comida en la basura, y confundía una rata con un conejo.
A mí me hizo poeta aquella vieja lechería, el muir de las vacas que desde el mostrador oía y voltear la lechera sin verter ni una gota.
A mí me hizo poeta el catolo y sus pregones, la barca, las madrillas y la balanza romana.
A mí me hizo poeta aquel pájaro pequeño que caía de su nido y la caja de zapatos que se convertía en cuna.
A mí me hizo poeta el sonido del rio a su paso por mi pueblo, las noches a la fresca, las tortillas francesas y pimientos fritos.
A mí me hizo poeta el olor a piel húmeda de mis hijos recién paridos.
A mí me hizo poeta, hacerme mayor de golpe, lidiar con los baches del camino y aquel tortazo injusto que me pegó el destino.
A mí me hizo poeta las cosas más sencillas, las cosas más pequeñas, las que de verdad importan
Ana Laura

Capas
Cuando escribo me desnudo sin pudor y me libero de capas que la vida y la sociedad van dejando sobre mí.
Capas sociales, educacionales, laborales, religiosas, familiares, capas y más capas que voy despojando en cada hoja, en cada frase, en cada palabra.
Capas que me protegen y me abrigan, pero también que me asfixian y me esconden.
Capas incoherentes hipócritas y hasta a veces despiadadas
Capas que me pesan y suelto a través de la palabra.
Capas y más capas……
Ana Laura

Hoy escribo pensando en ti
En tus manos fuertes y agrietadas que labraron y sembraron la tierra cuando no había nada en ella.
Escribo pensando en ti, en tus manos envejecidas de tanto lavar a mano en aquella piedra del río.
Escribo pensando en ti, que estuviste en las trincheras, luchando en una guerra a la que seguramente nunca quisiste ir.
Escribo pensando en ti y no me importa, créeme, que escribas vaso con b o agua con h., tu carencia de formación me hace sentir más cerca de ti trabajando la empatía, agradeciéndote el esfuerzo que hiciste para salir adelante. Sé que se te negó la escuela, que los libros no estuvieron a tu alcance, que estudiar fue un privilegio solo para algunos.
Escribo pensando en ti, que no has salido del pueblo, que cuidaste a tus abuelos a tus padres y a tus hijos, que tu vida fue una entrega total a tu familia y al trabajo.
Escribo pensando en ti, que viste amanecer cada día entre montes y llanos acompañados de tu rebaño, que observaste con curiosidad cada estrella, cada puesta de sol, cada luna, que con solo mirar al cielo sabes que hay detrás de la nube, que sientes con certeza cuando llega el cierzo o cómo será el cambio de estación, escribo pensando en ti, que con un chusco de pan inventaste las migas.
Escribo pensando ti, que hiciste todo lo posible por sacar a este país adelante, aun a costa de sacrificar tu conocimiento, tus estudios y que con esfuerzo y sin herramientas adecuadas aprendiste algo de las letras.
Me duele en el alma cuando veo cómo se atreven a corregirte las faltas de ortografía con descalificaciones en las redes, esas que con dificultad has aprendido a manejar gracias a buen seguro a tus hijos y a tus nietos.
Las faltas de ortografía no deben ser barreras que silencien historias, ideas, sentimientos de aquellos cuyas vidas están impregnadas de tanto valor como las de los que tuvieron acceso a la educación escolar.
Porque en cada palabra mal escrita y en cada coma o punto fuera de lugar reside la esencia de un ser humano con experiencias vividas
Escribo pensando en ti y te pido que no dejes de escribir, de comunicarte, de expresarte.
Escribo pensando en ti que tienes vergüenza, o apuro en escribir. Hazlo, hazlo así de forma valiente, como puedas y sepas. Tenemos tanto que aprender de ti.
Ana Laura.

Nací Libre
Nací libre y libre escribo.
No quise atarme a normas despiadadas, obstinadas, exigentes, religiosas, absurdas y castradoras.
Nací libre y libre escribo.
No importa si es verso o prosa, alejandrinos o endecasílabos, no quiero normas que aten las líneas que forman letras.
Yo siento y escribo. Yo escribo y siento y si tú quieres leerme limpia tu mente de normas, acércate a mí sin barrotes que encarcelen a mis letras.
Recuerda…
Nací libre y libre escribo.
Ana Laura.

Soy hija de ferroviario.
Sé de caminos de hierro oscurecidos por el humo y el carbón.
Sé de oficios como factores, maquinistas, mozos de tren, fogoneros, jefes de estación, de circulación, interventores, guarda agujas, enganchadores, guarda vías, jefe de tren.
Sé de código morse, telégrafos y centralitas.
Sé de salas de esperas, kioscos de revistas, de parada y fonda, para de entonar el cuerpo de trabajadores y viajeros.
Sé cómo engullían las maquinas, el carbón o el agua, conozco como suena el rápido, el tranvía, el expreso, los mercancías, el talgo, el automotor.
Sé a qué huele un pueblo ferroviario, cómo palpita esa sociedad,.
Sé que es un kilométrico o el economato.
Sé que es parar una conversación porque el ruido ensordecedor del tren impedía escuchar cualquier otra voz.
Sé de despedidas en el andén y llegadas entre abrazos efusivos…
Y lo sé, porque yo, también soy “hija del tren”
Ana Laura

Guerra
Guerra, una palabra densa, oscura, triste y atronadora.
Guerra, sólo de pronunciarla ya me duele.
Ella llega y se acaba la vida, la luz, el canto, el palpitar alegre que tiene la existencia.
Guerra, ella llega y la vida se asusta, se esconde, languidece y a veces se muere.
Los escombros tapan los latidos, La sangre se derrama entre gritos de dolor, rabia y desesperación.
El hedor a muerte impregna lo que va quedando de vida, y tú sólo quieres abrazar a tu hijo y ya no está.
Guerra, sólo de pronunciarla ya me duele.
Guerra, una palabra densa, oscura, triste y atronadora.
El abuelo espera temblando en casa o huyendo entre el gentío que escapa en masa.
El niño se esconde cuando las sirenas suenan y se abraza a su madre y no entiende nada.
Y mientras… tú obedeciendo órdenes sales a la guerra cantando himnos y portando banderas y la vida se acaba entre escombros hambre y desgana.
Ana Laura

Habitando el espacio del “no sé”
Es un espacio en el que deberíamos sentirnos cómodos, sin angustia, con humildad y amor.
“No sé” es el lugar que te hará más humano, más inteligente, más empático.
Habitar el “no sé” te abre a nuevas posibilidades.
Habitar en el “no sé” significa quedarse en la ambigüedad, permitir que el misterio sea parte de tu existencia.
Es un acto de humildad, que te obliga a reconocer que no tienes todas las respuestas y que probablemente nunca las tengas.
Esa falta de certezas también abre puertas a la curiosidad, creatividad y al crecimiento personal. En el “no sé” el universo es una tela tejida con incertidumbre.
En el espacio del “no sé” las preguntas son más importantes que las respuestas y la investigación se convierte en un viaje apasionante. Aquí las emociones pueden ser intensas y variadas: miedo, ansiedad, asombro…
Habitar en el “no sé” te obliga a ser valiente, a confiar en tu intuición y aceptar que a veces la respuesta es simplemente seguir adelante, aunque no sepas bien hacia donde te diriges.
Los peregrinos que llegan al “no sé” son buscadores del sentido oculto.
Aprenden a vivir con las preguntas sin respuestas, este lugar no es motivo de temor, sino de reverencia.
Habitar el espacio del “no sé” es una invitación a vivir con la mente y el corazón abiertos de par en par. Aquí aprenderás a valorar lo incierto y a entender que, aunque el destino final sea desconocido, el viaje en sí mismo es donde se encuentra el verdadero sentido de la vida.
Ana Laura

Era demasiado ardiente para soportarla…
No sabía cómo acercarse a ella, cómo estar a su lado sin salir con heridas.
Era demasiado ardiente para soportarla.Día tras día, noche tras noche, aplazaba el encuentro.
Se iba a la cama cada noche pensando que una vez más la había esquivado. Una vez más el miedo al encuentro le hacía renunciar a estar con ella.
La situación empezaba a hacerse insoportable, vivían en la misma casa.
Iban pasando los días y las noches, y se daba cuenta que cada vez la necesitaba más. No obstante, ninguna hora era buena para reunirse con ella.
Hasta que un día, miró a su alrededor y se dio cuenta que la situación era insostenible. Ya no tenía espacio, mirara donde mirara, en cualquier rincón, le faltaba espacio. Se estaba ahogando en su propia casa por no enfrentarse a ella.
Se dio cuenta de que tenía que desocupar las sillas, la cama, el sofá, la mesa.
Así que no lo pensó más, se dirigió a ella, la miró de frente y con contundencia le dijo: “¡maldita seas! Eres tan necesaria como insoportable.”Respiró hondo, se relajó y hasta pudo mirarla con cierta dulzura.
Y sosteniendo esa mirada le dijo: “Mi querida plancha, que insoportablemente ardiente y agobiante eres en verano”. Abrió la ventana y se puso a planchar.Ana Laura

Las noches a la fresca.
Traía el verano consigo una dosis de convivencia vecinal apasionante: “las noches a la fresca”
La Plaza Arturo Serrano fue la que acogió esas noches extraordinarias en los primeros años de mi infancia. Habitaban entonces en mi mente miles de fantasías y proyectos. Quería ser médico, cantante, actriz, monja, misionera, camionera y periodista. Fue esta última opción la que la vida me tenía preparada.
A mi recuerdo llegan con nitidez olores de bocadillos de pimientos verdes, tortilla francesa, de patata o de chistorra, tomate con jamón, salchichas blancas y un largo etcétera.
Me emociona recordar el sonido de chiquillos y chiquillas correteando por la plaza, jugando al escondite, al “un dos tres chocolate inglés” o al esbariza-culos por el terraplén, mientras los mayores jugaban a las cartas, al parchís, o entablaban largas conversaciones. Cada vecino y vecina sacaban sus sillas, hamacas, banquetas, y allí echaban sus ratos de tertulias y se ponían al día de lo que había pasado en el pueblo.
Los botijos de agua fresca apoyados en el suelo y los porrones de vino y gaseosa o cerveza metidos en cubos con barras de hielo, eran el mejor refresco para combatir las altas temperaturas.
En alguna ocasión la chiquillería deleitábamos a los mayores con nuestras actuaciones: cantar, bailar y hasta improvisar alguna escena teatral formaba parte de esas noches a la fresca. Algunas veces nos daban alguna pesetilla para ir a comprar un polo a la heladería González situada en la carretera. Llegar hasta allí era una gran aventura, a esa edad nos parecía una enorme distancia, era como atravesar una gran parte del pueblo. Hoy me doy cuenta que la distancia es muy, muy pequeña.
De adolescente, mis noches a la fresca transcurrieron en la calle Tudela, ciudad en la que acabé viviendo.
Fue en esa calle donde comencé a participar en las tertulias nocturnas que se entablaban en los corrillos de vecinos y vecinas. Era una delicia escucharles hablar de tantas y tantas cosas y escuchar las maravillosas e intrigantes historias que contaban.
De vez en cuando se escuchaba a través de alguna ventana la voz de algún vecino: – “bajad la voz que tengo que madrugar”, e inmediatamente las voces bajaban el tono, para, casi sin darnos cuenta, volver a subirlo.
Cosas del verano, decían.
Ana Laura

A Telma
Mientras la peino le desenredo los nudos que el movimiento de la vida va tejiendo en su pelo.
En cada pequeño tirón pienso que le libero cosas que esta maraña social va dejando en su
existencia.
Le desenredo el odio, la envidia, la codicia, el rencor, las creencias de otros, la injusticia, la
violencia, la tristeza, el miedo, la ira, la frustración y la venganza.
Con su melena ya suave y sin tirones, le trenzo el pelo, y en cada mechón incrusto mis deseos
para ella.
Telma, te trenzo el amor a ti misma y a los demás, la prudencia, la decisión, la generosidad, la
empatía, el respeto, el sentido de la justicia y el espíritu crítico para ser cada día más libre.
Le trenzo el pelo, y en cada mechón incrusto mis deseos para ella.
Telma, te trenzo la alegría, la gratitud, la serenidad, la esperanza, la paciencia, el interés y la
libertad de credo. Te trenzo las palabras: gracias, disculpa, lo siento, entusiasmo y motivación.Le trenzo el pelo y en cada mechón incrusto mis deseos para ella.
Ana Laura
Telma, te trenzo la risa, la ilusión, la pasión, el deseo, la calma, la paciencia, la compasión, la
ternura, la capacidad de aprender ante las dificultades y la fuerza para superar cada bache,
cada caída, cada contratiempo.
Una vez acabada la trenza, te pongo un lazo que dice:
Recuerda, tú eres importante, tú eres inteligente, tú eres libre.

Me acusarán
Me acusarán de hablar con ricos y mendigos, de trabajar, descansar, reinventarme, de cantar, escribir, bailar, luchar por la igualdad y de cuestionar el sistema.
Me acusarán de estar en contra de la explotación, de los roba medallas, la injusticia, los abusos, de hacer preguntas y de tener sentido crítico.
Me acusarán de ilusa, romántica, soñadora y de utilizar palabras trasnochadas, quizá viejas e incluso harapientas.
Me acusarán pensando que sonreír desde que me levanto es un gesto infantil, pensarán que ser amable es un gesto de postín y que sorprenderme ante un amanecer es cursi e incluso ñoño.
Cuando sientan que sus acusaciones no me importan, me acusarán de no escucharles.
Me acusarán de seguir mi evolución pensando que cada acusación me acerca un poco más a la utopía, esa que necesariamente necesito para vivir.
Haga lo que haga me acusarán….
Ana Laura

Mis alas
Hace años me construí unas alas y alce la voz, mis alas nacieron de sueños rotos, cosechas de lágrimas, esfuerzos y logros.
Criticaban mi vuelo, me llamaban insensata, pero mi espíritu, libre en su esencia, rompía cadenas desafiando a la masa.
«¿Quién eres tú, para alzar el vuelo?” Y yo sonreía, y con energía respondía con fuerza:
Soy un ser libre.
Las plumas que una vez despreciaron, ahora las desean, las anhelan, las reclaman, para construir sus propias alas.
Hoy, me preguntan: “¿Cómo se hacen las alas, donde encuentro las plumas?” Enséñame a volar, dicen aquellos a los que mis alas les molestaban.
Yo, poeta, guerrera del alma, comparto mi historia, mi lucha, mi calma. En cada pluma, un verso, una llama que aviva el fuego de libertad y esperanza.
Cuando empecé a volar, temblaron los muros, mi vuelo era un grito, un eco en lo oscuro. Sus voces hablaban y hasta criticaban, y yo alce el vuelo que nunca esperaban.
Criticaron mis alas, me llamaron insensata, temeraria, ave solitaria, pero en cada aleteo, en cada brisa, reinaba las palabras esperanza y libertad.
Volé más alto, más lejos, rompiendo cadenas costumbres y miedos.
Hoy regalo plumas, semillas de sueños, a quienes criticaron, mi enérgico vuelo. En cada pluma, una parte de mí, un verso, una historia, un vuelo sin fin.
Volad hacia el horizonte, aunque sea con plumas prestadas, que el vuelo es un canto de libertad aclamada.
Ana Laura

Cerrado por obras.
Reconstruyendo la Vida: Un Proceso de Renacimiento Interior
La vida nos coloca a menudo frente a momentos de derrumbe, esos instantes en los que sentimos que el suelo se desmorona bajo nuestros pies, que todo lo que creíamos seguro se desvanece. Sin embargo, si llegas a encontrarte en ese estado de colapso, no permitas que el miedo te domine. Al contrario, percibe ese momento como una oportunidad para reconstruirte de nuevo más fuerte, con más sabiduría y más consciente de tu verdadero ser.
No te apresures en esta reconstrucción. La prisa es mala una mala consejera, especialmente en las cuestiones que verdaderamente importan. Este proceso merece tu tiempo, tu paciencia y tu dedicación. Como cualquier obra de arte, requiere atención a los detalles, un cuidado delicado en cada paso y la comprensión de que los cimientos sólidos no se forjan en la rapidez, sino en la constancia.
Mientras atraviesas este proceso, no olvides detenerte y respirar profundamente. Respira para calmar la mente, para centrarte en el presente y para conectar con la esencia de lo que eres. Busca la infraestructura necesaria que te sostenga, te ayude y te apoye en esos momentos, ya sea en tus seres queridos, o en aquellas actividades que te recargan el alma. Confía, sobre todo, en ti y en la capacidad que tienes para emerger más fuerte que antes.
En medio de esta reconstrucción, intenta pensar que esto también pasará, y en la medida de lo posible agárrate fuerte a esos momentos en los cuales las ilusiones, la alegría, el entusiasmo formaban parte de tu vida. Confía, confía y confía. No dejes de lado tu fuerza interior, esa que te ha permitido llegar hasta aquí, y mantén vivas las ganas, esa chispa que enciende tu pasión y te empuja a seguir luchando.
Y si en algún momento, cuando sientas que todo ha vuelto a encajar, llega otro derrumbe a tu vida, no temas. Recuerda que, con cada caída, tus cimientos se vuelven más firmes, más resistentes. Cada vez que te levantas, te construyes con una nueva sabiduría, con una comprensión más profunda de ti y del mundo que te rodea.
Finalmente, tómate el tiempo que sea necesario. No te sientas en la obligación de abrir las puertas antes de tiempo. Permítete ese espacio de introspección, de silencio y de sanación. La verdadera fortaleza no reside en la rapidez con la que te levantas, sino en la calidad de la estructura que construyes durante ese proceso. Y cuando finalmente decidas abrir las puertas, lo harás con la confianza de alguien que se derrumbó y ha emergido, no solo con fuerza sino con una transformación que hará tu vida más bonita.
Ana Laura

La mesa de madera
Me gustan las mesas de madera, más bien toscas y con patas robustas, se asientan en la cocina e imprimen carácter.
Las mesas de madera son más que un mueble; son el corazón latente del hogar, acogen a la familia, escuchan conversaciones, y se mantienen firmes y seguras.
En las mesas de madera es donde las manos se encuentran, donde las risas resuenan y las lágrimas caen en silencio. Sobre ellas se amasan los sueños y se preparan los alimentos que nutren el cuerpo y el alma. Sus esquinas desgastadas hablan de generaciones que han pasado dejando huellas de infancia y amor. Mesas que se convierten en fieles testigos del paso de los años y la evolución de la familia
Las mesas de madera guardan secretos, esos que se susurran mientras el café acompaña la charla matutina. Es el lugar donde las decisiones importantes se han tomado, donde se han firmado acuerdos y se han escrito cartas, donde los niños han hecho sus tareas y los adultos han encontrado consuelo en la compañía mutua.
Estas mesas no son solo un objeto, son un refugio. Son el lugar al que se regresa siempre, donde el mundo se detiene por un instante y la simplicidad de estar juntos se vuelve la mayor de las riquezas, son siempre una posibilidad abierta a la reunión familiar y de amigos. En su madera envejecida, el tiempo se ha detenido, y aunque el mundo afuera cambie, las mesas de madera siguen siendo un testigo fiel de la esencia misma de lo que significa hogar. Llegas y te abrazan.
Me gustan las mesas de madera fuertes, esas donde el salva-mantel se usa solo para embellecer y no para proteger, esas que siempre nos acogen calladas y firmes.
Ana Laura

Los cinco sentidos
Cuando cures tus ojos, dejarás de ver gordos, flacos, altos, bajos, feos y guapos.
Cuando cures tus oídos, dejarás de reírte de los chistes de calvos, viejos, sordos, cojos o inválidos.
Cuando cures tu sentido del tacto, sabrás acariciar una piel con imperfecciones y descubrir en ella los cráteres de la más maravillosa luna llena.
Cuando cures tu olfato, descubrirás que no hay mejor perfume que el de la piel, y el que desprende la tierra recién bañada por la lluvia.
Cuando cures tu gusto, aprenderás de verdad a saborear la vida.
Cuando todo esto ocurra, habrás aprendido a mirar con el corazón.
Ana Laura

Volver a verte
Hoy, mientras ordenaba he encontrado una cajita. Estaba en una esquina del armario. Al abrirla, ahí estaba él, mi viejo compañero. Y me he dado cuenta de que ya no sentía nada. Ninguna tentación, ninguna emoción. Solo un alivio tranquilo y profundo, el recordatorio de que fui más fuerte que él, que siempre lo fui.
Lo abandoné, lo reconozco.
No fue un proceso sencillo, no para alguien como yo, que había vivido con él en la mano durante tantos años, como si fuese una extensión de mi cuerpo. Él era mi compañero en momentos de soledad, mi pausa en los días agitados, mi consuelo en las noches largas. Sin embargo, había una parte de mí que sabía que debía soltarlo. Y lo hice, pero de una manera muy mía: hablando.
Cada noche, antes de dormir, lo miraba, lo cogía entre mis manos y comenzaba una conversación.
Le decía que él, a pesar de lo que representaba para mí, no podía amar, no podía sentir, no vivía la vida con la pasión con que yo la vivo. Le decía que él era una promesa vacía, un espejismo que nunca podría cumplir lo que yo realmente necesitaba. “No puedes con mi vida, con mi cuerpo ni con mi alma”.
Fueron muchas charlas. Algunas noches me enfadaba con él, otras simplemente lo miraba en silencio, como si esperara una respuesta que nunca llegaría. Pero poco a poco, con cada conversación, sentía que su poder sobre mí disminuía. Se volvía más pequeño, más insignificante, hasta que un día me di cuenta de que ya no lo necesitaba. Lo dejé de lado, lo metí en una caja y lo guardé en el fondo de un armario y seguí adelante.
Hace veintisiete años, tomé una decisión que cambió mi vida para siempre, metí el último cigarro que quedaba en el paquete en una cajita y dejé de fumar.
Es un pequeño trofeo personal, una historia que recordaré siempre y de la que salí vencedora.
Ana Laura

Camino.
Deja que camine a través del tiempo, que pise hojas secas que no acuna el viento.
Deja que transite este hermoso otoño, sola y distraída sin pensar en nada, curando mi enojo.
Deja que camine a través del tiempo perdida entre ocres y dulces retoños.
Deja que transite este hermoso otoño, limpio de banderas y de malos rollos, déjame en el monte entre las veredas, en largos caminos y enormes alfombras, salpicada alguna de bellos colores que el monte regala sanando rencores.
Deja que camine persiguiendo sueños, avanzando en calma tras de la utopía.
Deja que transite a través del tiempo, que pise hojas secas que no acuna el viento.
Ana Laura

Tiene la noche una puerta abierta a sueños y deseos que se van dibujando en las bocas clandestinas que habitan junto a las farolas.
Palpita un latido diferente en las calles de blanco y negro que albergan historias de lacayos y de reyes, señoritos y criados.
Guarda la noche entre adoquines pecados inconfesables entre rezos y penitencias que van vagando en el subconsciente cotidiano.
Tiene la noche secretos entretejidos en sus callejuelas y rincones.
Ana Laura

Lotería.
Al igual que otros muchos, yo también estoy pensando en la lotería de navidad. ¿Y si me toca?
Ya estoy imaginando cómo será el reparto. Veo la cara de aquellas personas con las que me gustaría compartir el premio y sólo de pensarlo me produce una enorme satisfacción.
No tendría ninguna gracia, que me toque y no reparta.
Mientras sueño despierta me resulta inevitable acordarme de papá y mamá, casi sin darme cuenta he vuelto a aquella cocina, a la mesa camilla con brasero eléctrico, a la cocina de carbón recién encendida, al almuerzo caliente, a ese inconfundible olor a pan recién hecho y de fondo el sonido del sorteo de la lotería de navidad.
Papá solía cambiar el turno de trabajo, para tener libre la mañana del sorteo. Se levantaba muy temprano, encendía la cocina de carbón y salía al mercado a comprar.
Volvía a casa con chistorra, higadicos de conejo, y pan recién hecho. Mientras hacía el almuerzo nos despertaba a mamá y a mí – Chiquitas levantaros que vamos a apuntar los números del sorteo. Nos poníamos en la mesa camilla, con el brasero encendido, con dos cuadernos, dos lapiceros, un sacapuntas y al lado los boletos de lotería.
Él sacaba dos sartenes, una la utilizaba sólo para hacer los huevos fritos con puntillas y con aceite de oliva. La otra para los higadicos de conejo y la chistorra. Que olor tan exquisito desprendía aquel aceite de oliva, aquella chistorra y aquellos higadicos. – Chiquitas atentas que empieza, id apuntando todos los números, cuando haya algún premio importante repasad bien, comprobad que está correcto y tranquilas que lo repiten varias veces–
La televisión en blanco y negro, con la voz a cero y la radio puesta. Ese sonido está grabado en mis recuerdos como una de las sintonías navideñas más entrañables.
Papá, llevaba un perfecto control, de los premios que habían salido, y de los que quedaban por salir..
Como cada año, finalizaba el sorteo y no nos había tocado nada y entonces nos miraba y decía ¿habéis almorzado bien, estaba rico?
Mamá miraba los números y añadía- con que tengamos salud es suficiente-
Almorzar juntos ese día, era una gran fiesta.
Hace tiempo comprendí que la navidad era eso, y que la lotería sólo era la excusa.
Ana Laura

Soy naturaleza y universo
Cielo azul y nubes blancas
Soy Junco que bambolea el viento sin llegar a doblegarse
Río que fluye a pesar de los obstáculos.
Soy sombra perdiéndose en atardeceres mágicos
Sol iluminando un nuevo día
Soy Luna que alumbra la noche
Huella de caminante que transita por la vida
Formo parte del paisaje
Ana Laura

Bardenas
Son las Bardenas reales el lienzo donde la naturaleza pinta la vida.
Paleta indescriptible de colores y relieves
Cielos que sostienen planetas y danzan entre ellos las estrellas fugaces cuando el día da paso a la noche
Tierra de contrastes y bandoleros, de sol y lluvia, de desiertos, barrancos y follaje, escenario de cuentos y leyendas.
De agricultores y pastores, que llevan en sus arrugas más de mil lunas.
Bardenas la tierra que acuna mis noches y despierta mis mañanas
Bardenas la tierra que amo y vivo.
Ana Laura

Maletas sin destino
Contemplamos con impotencia un exterminio consentido, el
éxodo de la vergüenza, ríos de gente que huye
desesperadamente de las bombas, de la guerra y del frío de la
muerte.
Las bajas temperaturas los hielan pero es la gélida mirada hacia
otro lado de muchos países la que los mata.
Inocentes pies sobre nieve blanca, manos temblorosas cargadas
de caricias intentando alcanzar las caras ensangrentadas de sus
hijos, ojos desorbitados mirando al horror y a la injusticia,
ancianos encorvados, asustados, llorosos y frustrados.
Mares, mares que engullen miles de vidas, mares teñidos de
sangre y de injusticia.
Maletas sin destino de un viaje a ninguna parte.
Testigos cobardes. Eso es lo que somos.Ana Laura

Las llevo en mi memoria
Las llevo en mi memoria como un archivo pendiente esas cosas que no hice.
Tenía que haber hecho novillos algún día en el cole y largarme corriendo al monte cual intrépida polizonte.
Tenía que haber saltado aquella verja de la casa Villa Fabia en la Plaza Arturo Serrano de Castejón y comprobar si había tesoros en su sótano.
Las llevo en mi memoria como un archivo pendiente esas cosas que no hice.
Tenía que haber salido más veces cuando llovía a pisar charcos con katiuskas y bailar bajo la lluvia.
Tenía que haber besado libre y no con miedo a que me vieran las vecinas, haber abrazado fuerte si el alma me lo pedía.
Las llevo en mi memoria como un archivo pendiente esas cosas que no hice.
Tenía que haberme tirado al suelo a ver las estrellas y bailado y cantado más veces bajo la luna.
Tenía que haber desobecido antes y haberme dado cuenta que sacar mi rebeldía me convertía en un ser libre para vivir la vida.
Las llevo en mi memoria como un archivo pendiente esas cosas que no hice.
Ana Laura

Sin darme cuenta mi mirada se ha quedado clavada en la foto.
Sin darme cuenta he vuelto a estar en tus rodillas.
Sin darme cuenta el olor a tu tabaco ha invadido mi recuerdo.
Sin darme cuenta, he sentido tus manos acariciando mi pelo, te he escuchado cantar mientras te afeitabas.
Sin darme cuenta, hemos ido a coger musgo para el portal de Belén, hemos asado castañas y hecho tostadas de pan y ajo.
Sin darme cuenta te he recitado poesías y he escuchado tu voz diciendo: – chiquita, es tarde para estar leyendo- Apaga la luz y duerme -.
Me he dado cuenta, papá, que aunque ya sea mayor y la muerte te arrancara de mi lado, yo sigo siendo tu niña.
Sin darme cuenta, mientras escribía, la tarde se hacía noche y tu ausencia se imponía nuevamente.
Sin darme cuenta, me he quedado juntando palabras, pegando frases rotas, uniendo comas y puntos, analizando interrogantes, soñando con signos de exclamación,…
Y todo ha sido así, sin darme cuenta papá, sin darme cuenta.
Ana Laura de Diego

¿Cómo se acaba el amor?
No siempre se reconoce el momento en que el amor se apaga. A veces se disuelve en la rutina, como el azucarillo en el café, en silencios cada vez más largos, en gestos que antes avivaban tus sentidos y ahora te resultan indiferentes. Un día te das cuenta de que sigues ahí, frente a esa persona, pero el amor ya no está. Solo queda un espacio vacío, un eco de lo sentido. Intentas aferrarte a lo que un día fue, a esas miradas que antes lo decían todo.
A veces me pregunto ¿por qué se deja de amar? Quizá no haya una razón concreta. Tal vez el amor tiene su propio ciclo, nace con fuerza, crece, se desgasta y, como todo en la naturaleza, un día muere, o quizá nunca se va del todo, solo cambia de forma, se esconde en los pliegues de la memoria, en los recuerdos cada vez más lejanos.
El amor cuando se va, a veces no avisa ni da explicaciones, otras va mandando señales que no queremos interpretar o no podemos.
Tal vez el amor está destinado a desvanecerse como las estrellas y desaparecer en la basta oscuridad del universo.
Ana Laura

«Semana Santa: Mismo calendario, mundos distintos»
La semana santa, al igual que otras costumbres y tradiciones, cada persona la vive a su manera.
Unas aunque no sean asiduos a la iglesia, en estas fechas se conectan. Les gusta el silencio, el olor a velas, incienso y esa solemnidad que acompaña cada acto.
Otras la viven con un gran sentimiento religioso.
Otras no creen en nada de eso, pero les flipa tener tiempo libre para practicar deporte y saben que semana Santa es folclore, historia, y hasta suben una historia a Instagram con los tambores de fondo. No pisan una iglesia desde que hicieron la comunión, si es que la han hicieron, pero se suman a las torrijas y a los buñuelos tan tradicionales en estas fechas.
A otros les irrita la música de los tambores. Pero no le amarga el día. Disfruta de la calle sin prisas, y tiene el ritual de su propio templo: el sofá, un libro, y cero culpas.
Algunos ven negocio en la venta de palmas, ramos, dulces. Lo suyo es sustento. Y si para vender más hay que hablar con fe, se habla con fe.
Otras están con una caña en la mano, chanclas en los pies, y disfrutando de la playa.
No distinguen un paso de una procesión, pero saben que Semana Santa es sinónimo de escapada.
No es que huyan, solo que prefieren el mar a la calle adoquinada a las sillas plegables, a las procesiones y al olor a velas.
Diferentes formas de sentir y de vivir la semana santa.
Y ninguna de ellas es incorrecta.

Aunque ya no estás aquí, y ni siquiera sé si habitas o no algún lugar…Felicidades mamá.
Dentro de esta ignorancia que me invade de no saber dónde estás, lo que sé, es que tu esencia y tu alma viajan a mi lado permanentemente.
Sé que este lugar que ocupas en mí me acompañará por siempre. Transito con orgullo caminos que me enseñaste y tú caminas a mi lado como una luz que va alumbrando el rincón más oscuro que me toque atravesar.
Cuando llueve te siento en cada gota de lluvia, cuando sale el sol siento de forma más directa tu calor y el viento, el viento me trae tu voz susurrándome al oído.
Me reconozco en ti diciendo frases que eran tuyas, repitiendo gestos tuyos sin darme cuenta.
Habitas cada una de mis células, de mis recuerdos, de mi nostalgia.
Te respiro en cada inhalación madre.
No, no te has ido, solo es que la vida te está traduciendo y yo, yo voy aprendiendo tu nuevo lenguaje.
Te quiero infinito mamá.
Felicidades.
Ana Laura

Defiendo la poesía como una herramienta de cambio.
La poesía habla de amor, de la luna, de los pueblos, de la muerte, de la vida, de los miedos, de la libertad, de pasado, presente y futuro, de lo marginal, de lo pequeño, de ti, de mí, de tus ojos, de tu boca, de nuestros cuerpos, de los poros de la piel que se abre al placer.
La poesía tiene el poder de nombrar lo invisible, lo que no encaja, lo que no entra en los márgenes de los libros de texto, lo que no se mide ni se vende.
La poesía es la palabra que enciende la oscuridad, la brújula que me guía hacía una forma mejor de habitar la vida.
La poesía no es elitista, clasista, ni marginal.
Ana Laura

Verano
El verano llega cargado: de cosas y de dudas.
¿Melón o sandía? ¿Playa o siesta? ¿Piscina o campo? ¿Bañador, bikini o directamente al natural? ¿Tinto de verano, cerveza o las dos?
¿Pelo suelto o moño deshecho? ¿Chanclas o descalza? ¿Dormir hasta tarde o madrugar para ver amanecer? ¿Contraer el abdomen o soltarlo y respirar?El verano nos invita a soltar:
Aflojar los hombros, la agenda, las ganas de controlarlo todo…
Y hasta aflojar los vaqueros ajustados.Aprende a vivirlo libre y feliz.
Sin culpa por comerte ese helado que te llama por tu nombre desde el congelador.
Sin culpa por esa siesta de dos horas o por esa caña fresquita a media mañana.
El verano no es para exigencias, es para licencias.Abraza el verano como eres, con tu cuerpo delgado, gordito, alto, bajo, moreno, blanco, con estrías, o sin ellas, con celulitis, con y sin michelines.
Abraza el verano con risas y con todo lo que te hace real.
Exilia por un tiempo la báscula y el espejo al trastero.
Haz que la única medida sea la del disfrute.
Los días se estiran… y tú también puedes hacerlo: Estírate en tu sofá, en las sobremesas, en las carcajadas, en meter la mano al bolsillo e invitar a tus amigos
Estírate en una hamaca, en una conversación sin prisa, en una canción tarareada mil veces.
Este verano saboréalo
Yo lo abrazo como viene, como soy.
Ana Laura

Vuelve como cada año vuelve
No espero nada, a veces hago algún ritual, otras no. Sólo camino hasta el Ebro y dejo que me hable, creo que me ordena por dentro, aunque no sabría explicarlo. Quizá sea la forma en que el agua sigue fluyendo, siempre igual, pero siempre distinta.
El Solsticio lo siento en el cuerpo, es cómo si algo por dentro se recolocase sin que yo lo decida.
El sol empieza a ascender lento, la luz toca el agua y por un instante todo parece estar exactamente donde debe, probablemente nadie lo notaría si pasara por aquí, pero yo sí, yo lo noto.
Es un momento breve, limpio, sin ruido, como si el mundo por un segundo dejara de empujar.
Y en ese silencio encuentro algo que me cuesta encontrar el resto del año: una forma de estar sin querer cambiar nada.
Me doy cuenta de que no necesito entenderlo todo.
Solo estar, respirar, sentir, seguir.
El sol, mientras tanto, toca el río como lo ha hecho desde antes de que yo existiera. Y por un momento, me parece que todo tiene un sitio en el mundo, aunque no lo entienda.
Eso es lo que me da el solsticio.
Nada más. Y nada menos.
Ana Laura

Ay que las veo venir.
Las fiestas se acercan a toda velocidad y yo, sigo dándole vueltas al recinto de la feria.¿De verdad que no se ha pensado ya en alguna solución para ese horno? árboles, toldos, nebulizadores, algo, algo que de sombra y que no sea simplemente resignarse.
No me gustaría que ir a la feria se convierta en un concurso de resistencia humana, ni en un homenaje al desierto, ni mucho menos en una versión local de Supervivientes, pero sin playa, sin cocos y sin cámaras.Aunque pensándolo bien, igual hay que ver el lado educativo: los más pequeños podrían tomárselo como una experiencia de aprendizaje acelerado sobre cómo sobrevivir en el Sáhara, o un concurso de huevos fritos al sol, o un taller intensivo de adaptación al cambio climático.
También se puede hacer un concurso al desmayo con más estilo.
En serio:
¿Tan difícil es invertir un poco en salud y bienestar? ¿De verdad no se puede pensar en soluciones sostenibles y humanas para espacios que van a reunir a cientos de personas, muchas de ellas mayores, niños, familias enteras, feriantes que pasan allí horas? Por cierto: ¿se ha preguntado a los feriantes qué opinan? porque el año pasado más de uno me comentó que en estas condiciones, no volvían, y les entiendo, si a nosotros nos resulta difícil pasar una hora, imaginad estar allí de sol a sol.
Así que, si este año vais a la feria os dejo un kit de supervivencia: protector solar factor 500, gorra o sombrero estilo safari, abanico industrial, mochila con difusor de agua, tres litros de agua fría como mínimo (el bar queda lejos de la zona infantil) y por si acaso un pequeño desfibrilador de bolsillo. A y un mini baño portátil por si hay una urgencia., y los huevos, que no falten los huevos ni para almorzar, ni para ir.
Que no se diga que no lo intentamos todo por disfrutar.
Felices fiestas.
Ana Laura

EN TIEMPOS DE FUEGO, SÉ AGUA
Cuando el odio camina en manada,
cuando los muros hablan más que los puentes,
cuando el color de la piel pesa más que la historia,
y el miedo se disfraza de patria…
Sé agua.
Cuando arde la calle y las voces se cruzan
como cuchillos sin filo,
cuando el «nosotros» se estrecha
y el «ellos» se condena,
cuando el prejuicio grita más que la verdad…
Sé agua
Porque la piel no es pasaporte.
Porque la dignidad no tiene frontera.
Porque la humanidad no tiene bandera.
En tiempos de fuego,
cuando las llamas quieren dividirnos,
cuando la rabia se organiza,
cuando la indiferencia se hace norma…haz lo impensable:
abraza, escucha, nombra, defiende.
En tiempos de fuego, sé agua.
Que empape conciencias.
Que despierte la tierra.
Que prepare el mañana.
Y en una tierra reseca de humanidad,
quien riega, reverdece el mundo y el alma.Ana Laura

Bodas: ese crowdfunding vintage con vals y canapés.
Reconozcámoslo, si hay algo que no se improvisa es una boda. Pero lo que más llama la atención no es el traje de la novia, ni del novio, ni las flores, ni siquiera donde será el banquete. Lo más interesante (e inquietante) de todo esto es la invitación.
La invitación de boda es, en esencia, una obra maestra emocional y financiera. Te llega, normalmente con letras bonitas, cartulina de alto gramaje y tú, crees que te están invitando a una fiesta. Error. Te están invitando a co-financiar un evento.
Si, la boda es el crowdfunding más antiguo del mundo. En algunas invitaciones colocan el número de cuenta con una delicadeza digna de un banco suizo. Otros, más creativos, insertan un código QR.
Y así te ves: buscando en Google ¿cuánto se da de regalo en una boda? más que nada para quedar bien y no parecer tonto ¿100? ¿150? ¿200? Si la boda es con cena y barra libre, prepara la cartera.
Los novios con la mejor de las intenciones a veces te dan las gracias por asistir y se les olvida decirte que también por transferirles una parte del presupuesto de su luna de miel en Maldivas. No seamos hipócritas: todos sabemos que el verdadero termómetro de la amistad se mide en lo que metes en el sobre. Y que las lágrimas durante el vals no son de emoción, sino del vértigo de haber puesto la cuenta en números rojos.
Así que la próxima vez que recibas una invitación de boda, recuerda: no es una invitación, es una factura emocional elegantemente presentada. Una forma muy fina de decirte: “te queremos tanto que queremos que colabores económicamente con este proyecto de vida”.
Eso sí, exige mínimo canapé caliente, vino decente y un DJ que no pinche «Paquito el Chocolatero» por lo menos no más de dos veces, que una cosa es pagar, y otra muy distinta, no tener dignidad.
Ah y recordad no es obligación asistir.
Ana Laura.

Habitando farolas
Tiene la noche una puerta abierta a sueños y deseos que se van dibujando en las bocas clandestinas que habitan junto a las farolas.
Palpita un latido diferente en las calles de blanco y negro que albergan historias de lacayos y de reyes, señoritos y criados.
Guarda la noche entre adoquines pecados inconfesables entre rezos y penitencias que van vagando en el subconsciente cotidiano.
Tiene la noche secretos entretejidos en sus callejuelas y rincones.
Ana Laura

El oficio de no hacer
En todo ser humano debería haber una pequeña habitación que cuando la habitas no existe el reloj. Allí, a través de la ventana contempla el cielo, los edificios de al lado, o el paso lento de las nubes y habita ese lugar aprendiendo un oficio extraño para estos tiempos, el oficio de no hacer.
No es pereza, ni abandono, es aprender a vivir contra quién nos valora por la cantidad de cosas que hacemos. Toma la decisión de devolverle a la vida su peso real, que no siempre se mide en logros.
Los días de no hacer no son vacíos: están llenos de atención. Siéntate en la silla con una infusión, pasa la cucharilla por el borde de la taza hasta que el sonido se vuelva casi un mantra.
Observa tus manos sin juzgarlas, con el asombro de quien abre un libro y por primera vez comprende que las palabras también pueden descansar.
Y cuando te pregunten ¿qué has hecho hoy? Esperando una lista de tareas, encontrarán una calma que no rinde cuentas, eso les permite recordar lo que olvidaron: que la vida no necesita ser rentabilizada a cada instante para ser valiosa.
Si te acercas alguna vez a esa ventana no traigas preguntas que quieran convertir el descanso en rendimiento. Siéntate y observa cómo la vida pequeña, la que no sale en los recordatorios ni en las fotos, te enseña a tener un pulso propio. Aprender a no hacer es liberador y el acto más valiente de todos: el de recuperar el tiempo perdido no para llenarlo de tareas, sino para llenarlo de presencia.

Viajar en tren
Recuerdo los viajes en tren de hace unos años. Hoy, ese recuerdo choca contra la vorágine tecnológica que nos devora. Los trenes siguen moviéndose, pero los pasajeros parecen detenidos, atrapados en pantallas que separan más que unen.
Hubo un tiempo en que viajar era compartir miradas, conversaciones, café, bocadillos.
La vida se sentía cercana; la humanidad se palpaba. Ahora, esos gestos se han vuelto escasos, han sido reemplazados por deslizar de dedos en las pantallas y notificaciones.
Esta transformación no es inocua. La adicción al móvil fragmenta nuestra atención, erosiona nuestra capacidad de conectar y nos hace perder la práctica de lo simple: hablar, escuchar, sentir al otro. Lo digital promete cercanía, pero entrega aislamiento.
Sin embargo, los trenes siguen siendo refugio y oportunidad. Mirar más allá de la pantalla, reparar en un rostro, escuchar una historia desconocida, ahí reside la resistencia. En cada viaje, existe la posibilidad de recuperar lo que la tecnología nos ha quitado: la magia de estar presentes, de compartir humanidad.
Este es un desafío y una llamada a reconciliar pasado y presente, fusionar nostalgia y modernidad, permitir que la tecnología sirva de puente y no de muro. Porque, aunque el mundo se fragmenta, el abrazo cálido de la humanidad debería seguir latiendo en cada corazón viajero.
—Ana Laura

El 23 de septiembre llega el otoño.
Me gusta el otoño y esa forma que las hojas tienen de alfombrar las ciudades y el campo.
Me gusta la generosidad de la hoja al desprenderse para dejar espacio a los nuevos brotes.
El otoño es una preparación a la primavera, la naturaleza repliega sus encantos veraniegos y se dedica a la meditación invernal. Mientras tanto, otros frutos van tomando protagonismo, son los frutos de otoño: castañas, uvas, setas, granadas, calabaza roja. Frutos que van apareciendo en la naturaleza casi como un milagro y que nos dotaran de lo necesario para nuestra alimentación.
El colorido otoñal nos recuerda que aunque tendremos más horas de oscuridad, la vida sigue siendo de colores. En el aspecto de la salud es un buen momento para hacer depuraciones hepáticas de forma muy sencilla, infusiones de boldo, manzanilla amarga, uva negra, son perfectos aliados para este fin.
Pero además es momento de hacer nuestro trabajo interno a nivel psicológico y personal. Es un tiempo extraordinario para meditar, recogerse en uno mismo y poner en orden nuestras emociones. Pongámonos a ordenar los armarios. Desechar aquello que ya no nos sirve, dejar huecos para las cosas nuevas que estén por llegar, poner cada cosa en su sitio, recoger todo lo del verano e ir agradeciendo todo lo vivido y todo lo sentido. Con este sencillo trabajo, ordenamos la casa y también nos ordenamos por dentro.
Disfrutemos pues de esta nueva estación, salgamos al monte, visitemos los parajes más cercanos o más lejanos, según el tiempo que tengamos libre. No os privéis de pisar las hojas secas e incluso “rebozaros entre ellas” disfrutar de los atardeceres. Visitar la naturaleza, cuidarla, respetarla y disfrutarla.
Organicemos nuestro tiempo de forma que podamos dedicar una parte a la familia y a los amigos. Preparar unas deliciosas sopas de ajo, un buen revuelto de setas y de postre unas manzanas asadas con castañas.
Alcemos nuestras copas y brindemos por este maravilloso otoño.
Ana Laura

Me gusta tenerte en mis noches
Me gusta tenerte en mis noches, cuando la casa se apaga y el silencio empieza a latir despacio.
Me gusta que llegues sin hacer ruido, que te acomodes junto a mí como si siempre hubieras estado ahí.
Me gusta cómo me envuelves, cómo rozas mi piel con esa calma que todo lo sosiega.
Hay algo en ti que me abriga más allá del cuerpo, que me recoge el alma cuando el día ha sido largo.Me gusta tu manera de ceñirme sin apretarme, de entender mis formas sin decir una palabra.
Me gusta tu olor, tu tacto, esa tibieza que no pregunta, sólo ofrece.
Me gusta, que cuando estás, el invierno se vuelve amable, y hasta el frío parece tener su encanto.Me gusta que me abraces sin palabras, que me envuelvas con tu silencio tibio, que me invites a quedarme quieta, a dejarme sentir.
Hay algo en ti que me sostiene, que me calma las sombras y me recuerda que el descanso también puede ser un acto de amor.
Cuando estás, la noche tiene otro sabor, más suave, más hondo.
El invierno deja de ser amenaza y se convierte en refugio.Me gusta tu tacto, tu olor, tu forma de acompañarme sin invadir.
Me gusta cómo elevas la temperatura de mi cuerpo hasta hacerme olvidar el frío.
Y me gusta aún más que no pidas nada a cambio, que simplemente estés ahí cada vez que te necesito.
Sé que ya eres parte de mis sueños, de mis despertares perezosos, de ese momento en que el mundo aún no empieza del todo.
Me gusta que estés ahí cuando apago la luz, que me esperes con paciencia, y me acompañes.Me gusta, me gusta cuando regresas, reconociendo tu abrazo, tu silencio, tu calor discreto.
Te marchas con la primavera, pero siempre vuelves, fiel a tu cita de mis noches frías.
Y cuando te tengo, cuando te tengo otra vez entre mis brazos, sólo puedo sonreír y decirte lo que ya sabes…Te quiero, pijama.
Ana Laura

Respiro el otoño
Respiro el otoño a la orilla del Río, le cuento poemas, me devuelve sonidos.
El sonido de las hoja secas me recuerda al del palo de agua y el sonido del Río al tambor de trueno. Respiro el otoño, mantengo diálogos me responde el viento. Respiro el otoño con recogimiento, la naturaleza se calma y medita. Medito con ella.
Cada gota de lluvia es un beso que la tierra guarda en su memoria y siento su respiración fusionarse con la de los árboles, con la corriente del río, con la tierra que huele a madera húmeda y raíces que suspiran. Me envuelve en su cadencia tranquila.
Cada hoja que se desprende, cada soplo de viento me enseña a soltar, a escuchar, a abrirme al ciclo de lo efímero.
Todo cae, todo fluye, todo se transforma y en ese flujo, en ese suspiro compartido
siento que el mundo y yo somos lo mismo, hoja, río, viento, memoria, respiración.Respiro el otoño y siento que mi corazón se alinea con su latido secreto. Cada aroma, cada sonido, cada textura me recuerda que la vida es un acto de escucha profunda.
Ana Laura.

Diciembre
Me gusta diciembre y esa forma que tiene el frio de instalarse en nuestra vida con notas pausadas.
Me gusta diciembre, con los puestos de castañas, la verdura de invierno, los sueños atrapados o libres.
Me gusta recibir familia y amigos, tomar café y chocolate recién hecho, conversar al calor del hogar, sacar los juegos de mesa, cantar y bailar.
Me gusta contemplar como cada día se va instalando la noche y las luces brillan más que nunca. Me gusta la niebla, la nieve y la lluvia.
Diciembre me enamora cada día poquito a poco, me besa en el alma, me arrulla y me canta.
Diciembre me huele a sopa caliente, a castañas y manzanas asadas, a chocolate recién hecho, y me suena a pandereta, zambomba y guitarra
Me gusta diciembre y esa forma que tiene de despertar la ilusión, de recordarnos que en cada persona sigue habitando el niño o la niña que fuimos. Me gustan los abrigos, las bufandas, los guantes y gorros que abrigan el cuerpo y también el alma.
Me gusta Olentzero, y los Reyes Magos, Papá Noel y los Elfos haciendo milagros.
Amo la guitarra, la pandereta, la zambomba y lo que haga falta.
Que suenen bien altas, celebremos juntos que estamos en casa.
Llamadme rara, me gusta diciembre con todas sus caras.
Ana Laura

El placer de soltar
Nací libre, y el sistema se encargó de que no me diera cuenta.
Aprendí a obedecer.
Me enseñaron a ser correcta, a callar, a encajar, a complacer.
Me enseñaron que una buena mujer hace lo que se espera de ella, sin cuestionar.
Durante años lo hice. No por debilidad, sino porque así nos educan.Fui la mujer que encajaba.
la que ocultaba su rabia, su curiosidad, su fuerza.
La que creía que la sumisión era virtud.Hasta que un día vi claro lo que estaba viviendo.
Y cuando ves claro, no puedes mirar hacia otro lado.Comprendí que aquello era miedo a no encajar.
No era calma: era control.
No era amor: era renuncia.Y decidí romper.
Romper con los mandatos.
Romper con las expectativas familiares, sociales, religiosas.
Romper con la mujer que me habían dicho que debía ser.No fue fácil.
Pero tuve claridad.
Y la claridad es fuerza.Elegí dejar de obedecer lo que me anulaba.
Elegí decir no y si sin culpa
Elegí sostener mi decisión aunque me juzgaran, aunque me llamaran egoísta, equivocada, incorrecta.Ahí empezó mi libertad.
No como un regalo, sino como conquista.
No como un suspiro, sino como acto consciente.Descubrirme libre fue comprender que podía pensar, decidir y vivir según mi verdad.
Que no necesito permiso para existir.
Que puedo ocupar mi lugar sin disculpas.Y hoy hablo para ti, que aún te callas, que aún obedeces, que aún crees que tu valor depende de agradar:
No lo creas más.
Tu vida es tuya.
Tu voz es tuya.
Tu libertad te pertenece.Romper duele.
Seguir sometida duele más.
Y cuando te atreves a cruzar ese límite,
descubres algo que nadie puede quitarte: el derecho a habitar
la libertad.
Y tú también puedes hacerlo.Ana Laura

Llegó un nuevo año.
Cada año que llega suma, suma claridad, verdad, suma una forma más limpia de estar en el mundo. Los años son una conquista silenciosa que se celebra desde dentro.
Ser una misma es el acto más valiente. Significa dejar de fingir, de ajustarse, de encogerse para encajar. El cuerpo cambia, sí, pero también se vuelve hogar. La piel guarda la historia de lo vivido, y en ella no hay derrota, solo presencia. Cada marca habla de un camino recorrido con conciencia, de una vida que no pasó de puntillas.
Vivir es elegir el cuidado con amor, cuidar el cuerpo que sostiene, la mente que comprende y el alma que necesita calma. Es respirar hondo, reír cuando nace la risa, decir no sin culpa y sí sin miedo. Es entender que la plenitud no está en parecer, sino en ser.
Cada nuevo año es un privilegio. Es haber llegado hasta aquí con lo aprendido, con lo que importa afinado, con la mirada más clara. Hay una luz que solo aparece con el tiempo, una luz serena, firme, que no busca aprobación. Una luz que sabe quién es.
El tiempo no roba, el tiempo revela, revela lo esencial, lo verdadero, lo que merece quedarse y en esa revelación descubrimos que es amar cada año que llega, porque cada año nos acerca más a nosotras mismas, a una vida más libre, más consciente, más plena.
Al tiempo hay que habitarlo.
Ana Laura

Una simple hoja.Una hoja de examen del Colegio de las Hermanas Misioneras de los Sagrados Corazones, basta para que, al tocarla, el tiempo se doble. El papel amarillea, la tinta se apaga un poco… pero la memoria sigue intacta. De pronto vuelvo a ser niña en Castejón, cuando el colegio no era un recuerdo sino el centro del mundo. Aquel edificio serio y familiar a la vez, las aulas olían a tiza, a madera encerada y a invierno. Por aquel entonces el tiempo parecía ir más despacio, que ahora.
Sor Flora, Sor Benita, Sor Pilar, Sor Villar, Sor Antonia… entre otras muchas.
Decir sus nombres es como pasar lista en voz baja. Ya no están, pero siguen ahí. En la forma de escribir recto, en el respeto casi solemne por los cuadernos, en esa mezcla de disciplina y cuidado que marcó a toda una generación. Cada una con su carácter, su gesto repetido, su manera de mirar que bastaba para poner orden o para tranquilizar.
Además de lo que ponía en los libros, me enseñaron a estar recta, a esperar turno, a escuchar, a escribir despacio, como si cada palabra fuera un tesoro.
Recuerdo el tiempo en el patio, el movimiento del cuerpo cuando aún no sabíamos lo que era el cansancio de la vida adulta, solo el cansancio feliz de correr y reponer fuerzas con el bocadillo envuelto en papel, comer deprisa, compartir un trozo, cambiar un mordisco por otro. Y después la sirena de vuelta a clase: el silencio, el orden, la vida aprendiendo a ir recta.
El colegio sigue en pie, como si hubiera decidido guardar silencio para proteger lo que fue. Porque hay lugares que, cuando dejan de tener voces, se convierten en memoria pura.
Y alrededor, siempre el tren. Castejón no se entiende sin el tren. La estación, los raíles, el sonido metálico que marcaba las horas sin reloj. Mientras aprendía a sumar, a escribir sin torcer los márgenes, a dividir, los trenes iban y venían, trayendo a unos, llevándose a otros. El tren pasaba, recordándome —sin saberlo— que la vida también iba a moverse, a sacarme de allí algún día.
Hoy, al encontrarme con la hoja, el tren ha vuelto a pasar, pero esta vez por dentro.
Me ha traído todo de vuelta, sólo con cerrar los ojos e inspirar, he podido oler la tiza, la cascará de mandarina en algún almuerzo, la colonia que me ponía mi madre, el saca minas y el lápiz, la goma de borrar. He sentido pertenencia y gratitud y eso no lo borra el tiempo.
Ana Laura