Felipe Terrén

De Felipe Terrén y hasta el momento sólo conocíamos algunas piezas argénteas salidas de su taller de platería en Tudela, pero ignorábamos todo de su vida.

Hace algún tiempo, estimulado por las investigaciones de Jesús Marquina en los archivos parroquiales de Tudela y cuyos resultados aún permanecen inéditos, me animé a continuarlas con la esperanza de encontrar datos que ampliasen lo poco que sabíamos. La zambullida en el Archivo Municipal de Tudela y en los fondos del Archivo Decanal me deparó una buena cosecha que permite reconstruir un primer esbozo de su trayectoria vital.

No parece que naciese en Tudela, aunque debió llegar joven buscando el abrigo de aquella ciudad boyante y en plena expansión. La primera pista la hallé en los Libros de Matrícula de Santa María, donde en 1588 consta como criado –seguramente aprendiz- en el taller de Jaime Mirallas, un platero cotizado que abría su taller a la populosa y comercial calle La Rúa.

Allí, después de pasar por todos los grados del oficio debió conseguir la maestría. Sabemos que durante aquellos años – como era normal entre los aprendices- vivió con la familia de su maestro, entre cuyos hijos destacaba una muchacha joven, casi de su edad, de nombre María. Puede que el amor surgiera entre ellos, pero lo que sí está claro es que Felipe y María se casaron en mayo de 1591. La muerte temprana de su suegro, en 1595, posibilitó que tomase nuevas responsabilidades y que asumiese la dirección plena del taller que para entonces gozaba de prestigio en la zona.

Felipe Terrén fue una persona respetada no solo en el gremio de plateros, sino en otros, singularmente el de pintores. Fue contemporáneo de Juan de Lumbier, con el que le unía fuerte amistad, pues el pintor quiso actuar de testigo cuando Felipe, después de enviudar, contrajo segundas nupcias. El platero se lo agradeció siempre. Terrén salió como su fiador al contratar el artista el retablo de Casanareña (La Rioja), lo que es un dato de su holgada posición económica.

Debemos felicitarnos porque, a pesar de la distancia en el tiempo, se han conservado algunas obras elaboradas en el taller de Terrén. El profesor Ignacio Miguéliz documentó un cáliz de la parroquia de San Miguel de Corella, fechado en 1599, que presenta las marcas de la ciudad de Tudela, tres torres sobre un puente de tres arcos, y las de su autor.

Por otra parte, el Catálogo Monumental de Navarra, menciona dos lámparas de plata pertenecientes al monasterio de Santa María de Tulebras, fechada una de ellas en 1613, que ostentan el punzón TE/RREN.

El matrimonio compuesto por Felipe Terrén y María Mirallas tuvo algunos hijos, pero no duró mucho, al romperlo la muerte, que se llevó a la esposa en 1603 con apenas 25 años.

El platero pareció anonadado por la desgracia. Además de los hijos de corta edad quedaban a su cargo los dos hermanos de María, huérfanos, apenas entrados en la juventud.

He tenido la suerte de encontrar el testamento de María Mirallas. Es conmovedor leer cómo encarga al marido que cuide a Francisca “porque se la doy como hermana”, y cómo le suplica que mire por Joseph, el menor,

y procure aprenda arte de vivir y encaminallo que sea siervo de Ntro. Señor”.

Era demasiada responsabilidad para un hombre solo, quizás por ello no tardó mucho en volver a casarse. Lo hizo a principios de 1607, con Inés Ordóñez que le dio, al menos, otros siete vástagos.

Los gigantes y la Tarasca

Por su oficio, Terrén debía ser hombre viajado y estaba al tanto de las modas procesionales de la época que habían cambiado sustancialmente durante el siglo XVI. Tras el Concilio de Trento, la procesiones – sobre todo las urbanas -se habían ido enriqueciendo con máscaras, gigantes, cabezudos, danzantes… todo ello acompañado de música y cohetes. Los gigantes, de alta talla y vestiduras coloristas, representaban razas de continentes exóticos como indios, chinos o turcos. Posteriormente, apareció la figura de la Tarasca, animal monstruoso con figura de serpiente, que ponía pavor en los más pequeños y cierta prevención en los mayores. Solía abrir la procesión y simbolizaba la huida de los vicios ante la llegada del Santísimo Sacramento. Con estos elementos la fiesta barroca buscaba impactar los sentidos para mejor llegar al corazón del pueblo sencillo que la gozaba con fruición.

Pues bien, aquel platero culto y viajado, aspiraba a que Tudela estuviese a tono con otras ciudades y por ello ideó alguno de estos personajes, que el vulgo bautizó, luego, como “gigantes”. Danzaron por primera vez en la procesión del Corpus Cristi, en mayo del año de gracia de 1614, reinando en España Felipe III. Estoy convencido que no fue una casualidad esta fecha, pues coincidió con la beatificación de la madre Teresa de Jesús y sabemos que en todas las ciudades donde los carmelitas tenían convento hubo festejos novedosos. En Tudela, había dos: los Calzados u Observantes, y los Descalzos. Por ello podemos conjeturar que las celebraciones debieron ser sonadas, y una de ellas fue la danza de gigantes.

Junto a los gigantes quiso que estuviese también la “aitacharca”, que así se nombraba en vasco a la tarasca. Y con la variante de “aitacharco” aparece en la documentación que se guarda en el Archivo Municipal de Tudela. Efectivamente, el Libro de Cuentas nº 7 consigna la orden dada a los tesoreros:

“pagareis a Phelippe Terrén platero doce ducados por los Gigantes y Aytacharco que hizo a sus costas y fueron en las processiones del corpus y de la gloriossa sancta Ana boto solemne de la ciudad que regocijaron aquellas por los dances que sicieron y tomad su quitamiento fecha en Tudela a/ treinta de julio de 1614.”

Libro de Cuentas 1608-1643, asiento nº 38, correspondiente al año de 1614. He mantenido la ortografía original.

Tanto gustó la novedad del baile que el ayuntamiento premió al platero con la importante suma de doce ducados por haber “regocijado aquellas procesiones con las danzas que hicieron”. Observemos que, aquel mismo año, además de la procesión del Corpus, actuaron en su Octava y en la multitudinaria de Santa Ana. Pronto se hicieron indispensables y años más tarde, en 1619, los vemos, además, en la solemnísima procesión que recorría las calles de la ciudad en la festividad de la Inmaculada Concepción. Evidentemente, Terrén hubo de sentirse orgulloso por la marcha de su invento, que dirigió hasta el final.
Desgraciadamente, la muerte, tan presente en su vida, no le dejó disfrutar mucho tiempo de la comparsa. El platero falleció repentinamente el 9 de junio de 1624 cuando, seguramente, estaría preparando nuevos bailes a estrenar en fiestas de Santa Ana. El hecho conmocionó a la ciudad, donde era todo un personaje. Y esta conmoción se refleja en la partida de defunción, asentada en el Libro de Difuntos de Santa María. Llama la atención por lo prolija y locuaz. Frente a otras que apenas aportan más datos que la fecha y el nombre del finado, esta es casi una crónica periodística. Principia, informando dónde vivía, como si quisiera trasmitirlo a la posteridad: “En 9 de junio de 1624 murió Felipe Terrén, platero, vivía en la calle de la Rúa”. Sigue afirmando que la causa fue “una perlesía y apoplejía” que debió paralizarlo totalmente, perdiendo el conocimiento, lo que impidió recibir el sacramento de la Comunión, aunque le administraron la Penitencia y Extremaunción. El ataque fue tan repentino que el sacerdote se apresura a destacar que no tuvo tiempo de dictar testamento. Consigna también que le enterraron en la Colegial, donde años antes había sido inhumada su primera esposa. Podemos imaginar el dolor y desconcierto de su numerosa familia. La viuda, Inés Ordóñez, volvió a casarse con un Jerónimo Sola y parece que murió durante la peste que asoló Navarra el verano de 1631.

Hoy, si penetramos en la catedral de Tudela por la Puerta del Juicio podemos contemplar –en el trascoro- la lápida que guardó la tumba de este Felipe Terrén. Y no deja de ser curioso que, por casualidades del destino, sea esta una de las pocas lápidas funerarias que han sobrevivido a las sucesivas reformas catedralicias. Cuando el 14 de junio de 2014 los gigantes del Centro Cultural Sánchez Montes bailaron ante la Puerta del Juicio como homenaje a aquel platero olvidado, quiero creer que el espíritu burlón de Felipe Terrén sobrevoló Tudela cuyas calles tantas veces recorrió con su comparsa.

Autor del artículo: Esteban Orta Rubio

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