Magdalena Eguaras

Magdalena de Eguaras y Pasquier o Pasquet

Nació Magdalena en Tudela en el seno de dos familias de más alta alcurnia tudelana, y fue bautizada en la parroquia de Santa María, con sede en la entonces colegiata, el 26 de julio de 1574. Era hija de Juan de Eguaras y de Francisca Pasquier o Pasquet.

Arantza del Grupo Alhama, interpretando a Magdalena de Eguaras en San Nicolás.

 La familia paterna, los Eguaras, constituía un importante linaje que había fundado mayorazgo en la primera mitad del siglo XVI y cuya casa palaciega parece se hallaba en la calle de Carnicerías. Entre las numerosas posesiones contaban con el vedado de Eguaras, llamado también de Peñaflor, un enclave situado en plenas Bardenas.

Por su parte, la madre pertenecía a los Pasquier, nobles tudelanos que ostentaban el título de señores de Barillas. De ellos descienden, actualmente, los condes de Parcent. Los Pasquier ocuparon puestos importantes en Tudela y Navarra desde el siglo XV. Ya en el siglo XVI continuaron su ascenso y alcanzaron su apogeo en el momento en que viene al mundo Magdalena. Su privilegiado estatus lo demostraban al gozar de enterramiento en el altar mayor de la iglesia del convento de dominicos (jesuitas)

 

EL CASAMIENTO CON TOMÁS DE PASQUIER

Se llamaba Tomás Pasquier y Gutiérrez de Camargo.

Había nacido en Tudela y lo mismo que Magdalena, fue bautizado el 2 de enero de 1568 en la parroquia de Santa María. Su padre, Ojer Pasquier, era gentilhombre de la casa del rey Felipe II y Justicia de Tudela.

La ceremonia de casamiento, entre Magdalena y Tomás, tuvo lugar en la parroquia de San Jaime, el 16 de octubre de 1600 y así se halla asentada en el Libro de Casados.

Los documentos anteponen a sus nombres, ceremoniosamente, el «don» y «doña». La novia contaba con veintiséis años y el novio con treinta y dos. Eran edades avanzadas para contraer matrimonio, si nos atenemos a lo que era habitual en la época, como puse de manifiesto en La Ribera Tudelana bajo los Austrias.

 

UN MATRIMONIO RICO

Tomás Pasquier y Magdalena de Eguaras, además de los emolumentos de sus cargos, contaban con un importante patrimonio al que se añadía el prestigio que conllevaban mayorazgos y patronatos.

El inventario realizado en 1628, tras la muerte del marido, que a su vez se basa en otro anterior de 1617, da idea del mismo.

Por otra parte, la casona o palacio familiar estaba situada en pleno centro de la ciudad, en los aledaños de San Nicolás, entre esta iglesia y la de San Salvador, zona privilegiada donde vivían importantes familias y en la que confluían calles de gran movimiento comercial que conducían a las puertas de la muralla y que daban a caminos que partían hacia Calahorra, Pamplona y Zaragoza.

Parece que el matrimonio no tuvo hijos, pues no se citan en el testamento de hermandad. Tomás fue el primero en fallecer. Puede que muriese en Tudela, pero no está claro ni el lugar ni la fecha. Sí consta que fue enterrado el 7 de agosto de 1627, tenía cincuenta y nueve años.

El entierro tuvo que ser de lo más sonado de la época y ambos quisieron perpetuar su memoria al dejar escrito que gastarían «tres o cuatro mil ducados» para labrar un grupo escultórico «con letreros de piedra que los hacen perpetuos». Y así lo cumplió Magdalena. Durante más de dos siglos, los tudelanos y visitantes de la ciudad pudieron contemplar en la iglesia del convento de dominicos –hoy del colegio de jesuitas– un monumento funerario que llamaba la atención. Era un sepulcro en arcosolio con dos estatuas orantes en alabastro que se alzaban en el panteón que los Pasquier poseían en el altar mayor. Representaban a Magdalena de Eguaras y a su marido, ambos de rodillas, con las manos juntas y en actitud orante.

 

VIUDEDAD

Magdalena de Eguaras, contaba cincuenta y tres años cuando falleció su esposo. Posiblemente, dejó Madrid y buscó el cobijo de su tierra, familia y amigos, y residió durante estos años en el palacio junto a San Nicolás.

Como dama perteneciente a la nobleza de más alcurnia y con rico y diversificado patrimonio debía hacer gala de ello. La nota de distinción la ponía la servidumbre. Incluso, para dar más brillo a la casa podían tener algún esclavo, muchas veces negro, lo que añadía un grado de exotismo. Precisamente, esto es lo que vemos en la casa de Magdalena de Eguaras.

Hay constancia de un esclavo, de nombre Josepf, al que Magdalena, magnánima, concede la libertad. La existencia de esclavos no era una novedad en la sociedad española, acostumbrada a los mismos desde la Edad Media.

El inventario y almoneda de los bienes de Magdalena permite –hasta cierto punto– contemplar el interior del palacio, decorado con cuadros, esculturas, tapices y alfombras; y equipado con muebles selectos.

Una de las habitaciones era el «oratorio» o capilla donde celebrar misa, con su sacristía. Debía ser este oratorio muy amplio por la gran cantidad de cuadros, imágenes y muebles que contenía.

También estaban los salones nobles como la sala principal y el que llaman aposento del estrado.

Así mismo, como en toda casa noble, tenía gran importancia el archivo donde se guardaban documentos diversos, algunos de gran antigüedad, separando claramente los relativos a los Eguaras, de los pertenecientes a los Pasquier.

Por otra parte, los tapices formaban parte esencial de la decoración, en su doble función de decorar y proteger del frío. Nada menos que veinticinco tapices o «paños de Raz», aparecen en el inventario.

 En cuanto a los cuadros eran, fundamentalmente, de tema religioso, aunque aparece algún retrato, como el de la propia doña Magdalena y, también, el de Felipe II.

A través del documento –interesante y sugeridor– vemos desfilar diversas personalidades de la sociedad tudelana del momento como compradores de bienes de la difunta. Además de don Lope de Beaumont, cuyo palacio estaba cercano al de Magdalena, en la parroquia de San Salvador19, hallamos al canónigo e historiador José Conchillos, autor del Propugnáculo histórico y jurídico, obra que originó una agria polémica con el jesuita José Moret, sobre los orígenes de Tudela. Conchillos adquirió «dos retablitos de san Francisco y Ntra. Sra.», por 16 reales.

 

MUERTE DE MAGDALENA

A los setenta y un años, viendo cercana la muerte, Magdalena dictó testamento ante Diego de Villamayor y Rosales, notario de Tudela, en abril de 1645.

De la cultura y educación de esta mujer habla el hecho de que sabía escribir, en un momento que pocas mujeres, incluidas las de familias adineradas, eran capaces de hacerlo.

Falleció Magdalena el 30 de abril de 1645, según consta en el Libro de Difuntos de la parroquia de San Nicolás, en una partida que llama la atención por lo lacónica: «30 de abril 1645 murió doña madalena de guaras yço testamento ante diego de billamayor».

Había ordenado que su cuerpo fuese vestido con el hábito de Santo Domingo y sepultado en el mausoleo que levantara en una de las capillas del convento de dominicos. El solemne entierro fue al día siguiente, constituyendo un acontecimiento social. El notario Diego de Villamayor, levantó testimonio fidedigno de los funerales. Cuenta cómo fue introducido el cadáver en una lujosa caja forrada con tela negra y llevado por las estrechas calles hasta el convento de frailes predicadores situado en el antiguo barrio de la morería y cómo, posteriormente, ante testigos de la nobleza, fue introducido en el mausoleo.

 

MANDAS Y DONACIONES

Como era muy normal en la época mandó decir misas por su alma, pero en tal cantidad que asombra. Nada menos que seis mil fueron distribuidas entre conventos y parroquias de la ciudad, aunque los más favorecidos fueron la parroquia de San Nicolás, con mil quinientas misas rezadas y el convento.

Por cierto, las misas de San Nicolás dieron pronto problemas, pues ya en 1647 se querellaron el cura de almas y el vicario de esta parroquia contra Bartolomé Ros sobre esta fundación23. También dejó encomiendas por su alma en la capilla que había mandado construir en el vedado de Peñaflor o de Eguaras.

 A los niños del colegio de huérfanos dejó cien reales «con que bengan a su entierro y digan un responso (de) cuerpo presente en su casa».

Así mismo, había legado en 1641 una importante cantidad de ducados para que perpetuamente y en su capilla del convento de Santo Domingo se hiciesen homenajes al Santísimo Sacramento y a la Virgen del Rosario.

Los frailes dominicos lo habían consentido porque «ha hecho y hace con franca mano muchas y diversas limosnas y beneficios al dicho convento y que esperan que continuándolas durante sus días, será de hacer otras muchas…». No era la única manda al convento, pues en fecha que desconozco estableció un capital de cuatro mil ducados «para las fundaciones que hice en el dicho convento»; de los cuales, aún faltaban por pagar mil en 1645. Los contratos de estas fundaciones se hicieron ante el escribano Diego de Villamayor.

A la cofradía de San Dionís, a la que perteneció el matrimonio, le dejó un regalo musical pues ordenó a los músicos de las dos capellanías que había fundado que «acudan a cantar en la fiesta de San Dionís de donde es confradesa y en los entierros en que la confradía saliere de limosna». A su escudero Miguel de Ribera, puesto que se quedaba en paro, deja quinientos reales «de los cuales se le den cada día uno parra sus sustento, hasta que se gasten». Al paje, Juan de Iturrioz y Sarasa, dejó seiscientos reales «para el día en que tome estado» y no antes, salvo enfermedad. A Pedro Librado, criado, doscientos reales. Ya hemos visto como a Joseph, el esclavo, le dio el regalo más preciado, la libertad. Al sobrestante de sus tierras, Juan de Vallejo, entregó «un capuz de bayeta de Zaragoza» y cincuenta ducados para dote de casamiento de cada una de sus hijas.

Tampoco se olvidó de las criadas de casa a las que vistió con «basquiña, cuerpo y mandas de bayeta de Zaragoza»; además, legó diversas cantidades de dinero.

Gracias al testamento conocemos el nombre de aquellas: Margarita de Sola, Juana de la Purificación Miranda, Rafaela de Andía, Bernardina de Sare, Águeda de Azpur y Josefa de Itúrbide.

Destaca entre todas, Juana de la Purificación Miranda, a quien los documentos apellidan «beata» y que, según el inventario, tenía habitación propia en la casa. Le dejó nada menos que cien ducados, además de la cama con «cuatro sábanas de lino, dos mantas, cuatro almohadas, una colcha confitada [sic] blanca, un rodapié de Red, dos colchones de lana de los muebles que se hallaren en la casa buenos». Además de ello quiso donarle una imagen de «Ntra. Sª. bestida que fue del Padre fray Raimundo Zaballos».

A Josef de Miranda, sacristán de San Salvador, donó un jubo de bayeta y «400 reales en dinero». Este sacristán accedió al sacerdocio y sería nombrado posteriormente capellán de la ermita del vedado de Eguaras.

Pero, quizás el mejor parado de todos sea el sacerdote D. Juan de Borja, beneficiado de la parroquia de Santa María Magdalena, muy vinculado a la casa, al que premia con trescientos ducados, «por los muchos servicios que me ha hecho y hace». Además, a la sobrina de este, Margarita de Sola, le deja cien ducados «para ayuda a tomar estado», con una condición: que lo hiciera «a gusto y voluntad de su tío». Si no fuese así, los cien ducados pasaban a D. Juan.

 

MECENAS DE LA MÚSICA

Por otra parte, Magdalena de Eguaras hubo de sentir gran amor por la música pues quiso contribuir con su legado a hacer aún más boyante la vida musical de Tudela, cuyo punto fundamental estaba en la capilla de la entonces colegiata de Santa María.

Es probable que supiese tocar algún instrumento, pues consta que en la casa de Tudela poseía un clavicordio que donó al convento de dominicos «para que los dichos padres presentes y ad venir [sic] lo tengan y conserven para las fiestas que su Merced ha fundado y otras que les pareciere»27. Y que en su casa se solían dar conciertos lo indica el mismo documento cuando señala, en una de las cláusulas, que sus herederos lo podrían recuperar temporalmente para tal fin. Fundó, también, ocho capellanías de voz, es decir ocho cantantes en capillas de música parroquiales.

La fundación debemos inscribirla en el mecenazgo musical que ejercían las grandes familias nobiliarias y que ella hubo de contemplar tanto en la corte como en los diversos lugares donde ejerció cargos su marido28. Aunque el tema de la música en la catedral de Tudela ha sido estudiado, entre otros, por la profesora María Gembero29; el del mecenazgo musical de la nobleza tudelana apenas ha sido tratado por lo que este legado contribuye a arrojar algo de luz sobre el funcionamiento y tendencias.

Fueron dos las capillas de música que creó con el exclusivo deseo de magnificar el culto en las iglesias donde los Pasquier y los Eguaras tenían enterramiento propio.

Una, la adscribió a la capilla de Santa Ana, en San Jaime, patronato de los Eguaras.

Otra, a San Marcos, en la iglesia de San Nicolás, en la capilla funeraria de los Pasquier. Cada una contaba con cuatro cantantes: tenor, contralto, tiple y contrabajo.

Para su adecuado funcionamiento fijó las normas y las dotó con ciento cincuenta ducados a cada una: … las cuales hayan de tener y ser nombrados para su servicio, dos contrabajos, dos tenores, dos contraltos y dos tiples con obligación de que cada capellán asista en la dicha iglesia en los oficios de misa, vísperas y las demás que se celebraren en ellas y cuando hubiere fiesta solemne en cualquiera de las dichas iglesias acudan los músicos de la una a la otra y de la otra a la otra para que se celebren a canto de órgano y con toda solemnidad y haga oficio de maestro de capilla el más suficiente en la música. Y también me diga cada capellán una misa.

 

LEGADO PARA CASAR HUÉRFANAS

Además de las capellanías citadas, Magdalena de Eguaras fundó otro legado de carácter benéfico destinado a sostener dotes para casar doncellas huérfanas.

Este es un asunto de gran trascendencia en la época donde la mujer, en general, tenía pocas opciones de ganarse la vida por su cuenta. Las expectativas más habituales eran: el matrimonio o el convento.

Pero tanto en uno como en otra era difícil hallar buen acomodo sin disponer de dote. Si ambos fallaban, las mujeres se veían abocadas a la pobreza o a la prostitución.

El matrimonio Pasquier-Eguaras se preocupó de este problema. Ya en el testamento de hermandad, hecho en 1627, se especifica una cantidad importante, cuatro mil ducados, «para la memoria de casar huérfanas» que debía cumplirse a la muerte de ambos. Y así se hizo. Con fecha de 20 de abril de 1645 Magdalena estableció ante el notario tudelano Diego de Villamayor la que en su día se llamó «obra pía para casar doncellas pobres huérfanas». Nombró por patronos –encargados de administrar y distribuir el legado– al Ayuntamiento de Tudela, al prior del convento de Santo Domingo, y a los herederos de los mayorazgos de los Pasquier y de Eguaras.

Se establecía un legado con sus bienes, cuyos réditos anuales debían destinarse a dotes de casamiento para jóvenes de Tudela, huérfanas y sin recursos. Contaba el legado con varias fincas rústicas y dinero colocado en censos, cuyas rentas y réditos iban a la «obra pía». Además, una serie de cláusulas dejaban clara la cantidad y forma del reparto.

 Este se hacía anualmente, al otro día de Reyes, es decir el siete de enero y para evitar cierta picaresca, las doncellas agraciadas debían casarse en el plazo de un mes después del repartimiento; de lo contrario perdían la prebenda.

Llama la atención que las dotes no eran iguales y existían diferencias entre lo que recibían unas huérfanas y otras. Este legado pasó incólume a través del tiempo. Todavía seguía cumpliendo su misión a principios del siglo XIX, pues Yanguas y Miranda, en su Diccionario Histórico-Político de Tudela, afirma que hacia 1820 producía 904 reales de los de Navarra, de 36 maravedís cada uno36. Así continuó hasta el siglo XX y en la década de 1960 aún anunciaba la prensa la convocatoria para acceder a las ayudas que el ayuntamiento, como único patrono que quedaba, concedía con los réditos que generaba aún aquella herencia.

Se recalcaba: «Para poder participar en los beneficios de Mandas de Eguaras [sic] se exige como requisito indispensable ser huérfana de padre y madre en la fecha del matrimonio de la posible beneficiaria». Posteriormente, los réditos del legado cambiaron de destinatario y ya no se invierten en los fines originarios, sino en necesidades generales del municipio según especificaba la Agenda Cultural, editada por el ayuntamiento, en su número de diciembre de 2008.rezada cada semana. Y también que hayan de acudir todos los primeros domingos de mes al convento de Santo Domingo a cantar la fiesta desde la una del mediodía hasta dichas Vísperas y acompañar la procesión después de cerrado el Santísimo Sacramento y cantar en él un Villancico y el tantum ergo y en la procesión ¿asabordon? y avemaristela…

Familia

Estaba emparetada con los Eguarás de Tarazona, donde tenian un palacio “El Palacio de Eguarás”

 

CONCLUSIÓN

La figura de Magdalena de Eguaras es un ejemplo de mujer integrada en su entorno que, junto a su marido, dedicó el extenso patrimonio a obras benéficas –alguna de las cuales ha llegado a nuestros días– así como al mecenazgo de las artes, entre ellas la música, cuyos ecos se reconocían todavía a finales del siglo XVIII.

Su trayectoria vital se desarrolla a caballo de los siglos XVI y XVII. El matrimonio Pasquier Eguaras puede aparecer como un ejemplo más de la nobleza navarra que, tras la conquista del reino, se incorpora a la maquinaria de la Monarquía Hispánica. Igualmente puede servir de referencia para estudiar el mecenazgo que la nobleza tudelana ejerció sobre las artes. Hemos dedicado atención especial a la labor de promoción de las capillas de música, aportando datos hasta ahora desconocidos que ayudarán al estudio del mundo musical en la ciudad de Tudela durante el periodo barroco.

 Otros capítulos están dedicados al mecenazgo en el arte, especialmente con el mausoleo orante en la capilla mayor de la iglesia conventual de frailes dominicos de Tudela. Por otra parte, el «legado para casar huérfanas» es una muestra de la pervivencia de estas instituciones a lo largo de los siglos. Recientemente, el Ayuntamiento de la ciudad de Tudela ha dedicado a Magdalena de Eguaras una calle a su memoria en la nueva urbanización aledaña al Instituto de Enseñanzas Medias Benjamín de Tudela.

 

RESUMEN

Mecenazgo y filantropía en la Navarra del Barroco. Doña Magdalena de Eguaras y Pasquier (1574-1645) es un ejemplo de mujer de la nobleza navarra que dedicó su amplísimo patrimonio al mecenazgo de las artes y a obras benéficas.

Nacida en Tudela (Navarra) y casada con otro noble tudelano, su trayectoria vital –desconocida casi totalmente hasta ahora– se desarrolla a caballo de los siglos XVI y XVII. En el artículo se analiza su vida, prestando atención al mecenazgo que ejerció en su ciudad natal, singularmente en el arte y en el área musical.

También se aportan datos inéditos sobre el llamado «legado para casar huérfanas», instituido por ella y cuya organización y vigencia se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XX.

Enlaces exteriores

 

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Translate »