Menú Cerrar

Rafael de Riego

DE CUANDO RIEGO FUE AHORCADO EN TUDELA Y QUEMADO CUAL VOLATÍN
 
Articulo de Maite Forcada
 
Rafael del Riego (1785–1823)
Rafael del Riego (1785–1823)

Entre la documentación, a veces te encuentras historias sorprendentes de nuestra Tudela, historias locales de cómo esta pequeña ciudad vivía los acontecimientos. De esta manera podemos revivir guerras, epidemias, invasiones… contadas por sus coetáneos, acontecimientos de los que los historiadores se han valido y se valen cogiendo un trozo de aquí y otro de allá para hilar un relato mayor en el que a veces queda perdida y olvidada la verdadera historia que les dio pie.

 
Hoy la sorpresa ha sido encontrar un breve relato mezclado entre las actas de 1820 a 1823, redactado al final del Trienio Liberal. Realmente no se trata de una de las habituales actas municipales, sino que más bien parece un panfleto anónimo en el que se recoge un hecho curioso, una muestra de cómo los ánimos exaltados de aquel momento tuvieron también su representación en Tudela.
 
JUNTA DEL 10 DE OCTUBRE DE 1823, HECHA EN LA CIUDAD DE TUDELA, NAVARRA, POR LA REUNIÓN DEL CUARTEL (barrio) 9º.
 
A las 8 de la mañana se publicó bando por Jerónimo Labastida, escribano público y real, con permiso del alcalde, tañida su caja por Tomas Aura, maestro tornero, vestidos con los que usan los pregoneros de la misma, haciendo saber a todos los vecinos de la calle de las Herrerías, sita en dicho cuartel, que pusiesen en los balcones y ventanas alfombras, sobrecamas o tapices lo mismo que, por mandado de algunos constitucionales amantes del pérfido Riego, se habían puesto a la entrada y salida de esta ciudad por el susodicho y el que no la verificase sería considerado como traidor a nuestro soberano y por consiguiente, disgustado de la deseada libertad.
Calle Herrerías a principios siglo XX
Calle Herrerías a principios siglo XX
 
Enseguida se puso al tercio de dicha calle de Herrerías y parte de arriba, una horca con tres maderas, de altura de seis varas y cuatro de ancha con sus dos escalas y su sogal de cáñamo en medio, construida aquella por Melchor Ibarra y Valentín Sagaseta, maestros carpinteros, y otros buenos españoles que trabajaron voluntariamente en tan digna obra. A las nueve del mismo fue conducida en una bestia la estatua de aquel pérfido [Riego] a la cárcel pública, acompañada con escolta de paisanos armados, en donde quedó con guardias dobles a cargo de Juan Manuel Navarro su alcaide, y fue también un número considerable de gentes de ambos sexos que gritaron “el original había de ser”.
 
Tocadas las once en que estaba dispuesto y reunido en una casa sita en dicha calle de Herrerías un tribunal compuesto de juez, fiscal, escribano, procurador, alguaciles y el señor ministro de alta justicia con la bestia del ronzal, se pasó a la calle donde estaba un piquete de paisanos armados y algunos soldados voluntarios de la división de Navarra; estos a cargo de Juan Iriarte y Echague, alférez de los reales ejércitos, que formaba con la mejor y más perfecta compostura e instrucción el corro de piquetes y en medio, su bandera, llevada por Agustín Labastida, cursante de gramática. E inmediatamente del toque de tambor se puso en marcha con dirección a la cárcel y llegado, se tomaron las precauciones necesarias por Echague, se abrió la puerta, entró el tribunal y cuando que la estatua del pérfido Riego que se hallaba vestida con casaca azul turquí; solapas vueltas, cuello, hombreras y bandillas azul celeste; chaleco encarnado, pantalón blanco, botas, sombrero de tres aires, escarapela encarnada y amarilla con sus entorchados, plumero encarnado y amarillo con las insignias de teniente coronel, y se puso sobre la bestia como a (ilegible) y sacándola a la calle se colocó en medio con una escolta delante y otra atrás y a los lados que formaban cerco. Estos componían el número de cuarenta paisanos y soldados. El tribunal se componía de los españoles Francisco Ibarra, maestro carpintero, de escribano, José Olloqui de fiscal, Felipe de Ochoa de procurador de Riego, ambos curiales, Baltasar Marzal e Isidro Monteagudo de alguaciles, maestro el primero cerero y el segundo botero y el dicho Tomás Aura y Avelino Sainz, maestro sastre, de nuncios, tocando el primero la caja con sonido triste; Francisco Sixto de clarinero, como propio ejerciente en esta ciudad y los últimos que cerraron y completaron el tribunal fueron el dicho Jerónimo Labastida, de ministro de alta justicia y Pedro Sagaseta, aprendiz de carpintero, su criado, todos vestidos de golilla a excepción de los que les correspondía el traje acostumbrado, llevando el dicho Valentín Sagaseta en alto el rotulo que dice así:
 
“Riego en estatua muere por la reunión del cuartel 9º y luego en Madrid su original con aplauso universal”.
 
Fue paseada la estatua con acompañamiento de buenos españoles, del comandante militar de la plaza y varios —por todas las calles públicas y aún por otras como traviesas, para que participasen de la función las religiosas de los cuatro conventos, e iba auxiliando Fernando Aragón vestido de manteo, sotana y bonete, éste, sacristán de religiosas de Santa Clara, acompañando la estatua Francisco Altibucilla, maestro sastre y Rafael ¿?, de oficio blanqueador, vestidos con túnicas negras y delante de estos, Pedro Catalán, maestro platero, tañendo una campanilla con una maza enlutada en el hombro, también con túnica y pasando por los conventos y parroquias, tocaban a agonía. Viniendo a parar a dicha calle de Herrerías y próximo al sitio de la horca, se leyó la sentencia que mandaba fuera ahorcado Riego en estatua, degradado antes y pasado por debajo de la bandera, y entregado al ministro de alta justicia con buena recomendación, mandando la degradación en dicho Echague al tambor, le quitaron las insignias de militar que lo verificó poniéndolas sobre la caja y concluido esto se hizo entrega a aquel ministro con la recomendación mandada , quien por una de las dos escalas le ayudo a subir y poniéndole el dogal al cuello, quedó en forma de ahorcado. Sin haber desamparado la estatua, el dicho sacristán, que a luego se puso en la escala por donde el dicho ministro, subió y bajó y dijo, con bonete en mano, un discurso breve y sencillo, reducido a que los hombres malvados que en algún día hacían papel en la España ya no eran nada y que esto sirviese de ejemplo para los que intentasen revolucionar contra el altar y el trono, con lo que por entonces se concluyó la función quedando a la custodia de dicha estatua un piquete de paisanos armados con guardias dobles.
 
A las dos de la tarde se descolgó dicha estatua y guarnecida toda de cohetes por Juan Lecumberri, alférez de artillería retirado, que la volvió a colgar en la misma horca una vara más elevada.
 
A las ocho y media de la noche se prendieron los cohetes con el mayor primor, teniendo uno muy grueso en el trasero que fluyó fuego como medio cuarto de hora y un rótulo que decía “morir en esta función cayendo la Constitución” y seguidamente fue quemada la estatua y sus cenizas espolvoreadas, siguiendo por espacio de hora y media cebando cohetes y de vara a lo alto con dos devanaderas y varias ruedas pequeñas figuradas de rayos. Estos fuegos fueron construidos por mano y dirección de dicho Lecumberri y a su costa, en obsequio de esta función, por la feliz y descarada libertad de nuestro monarca, habiéndose esmerado todo el vecindario, y con iluminación y faroles en el suelo de la calle para el mejor tránsito de las gentes”.
Llevándolo al patíbulo en Madrid.
Madrid.
 
Rafael de Riego murió ahorcado en la Plaza de la Cebada de Madrid el 7 de noviembre de 1823.
 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Translate »